Jorge Paye mantiene oficio de afilar los cuchillos en las calles de Guayaquil

El silbido de un rondador rompe el silencio de la mañana. Un menudo hombre, con un pequeño armazón de madera en sus hombros, recorre las solitarias calles y al grito de “afilo cuchillos, tijeras...” espera que alguna persona salga de alguna vivienda y lo llame.

Así es como Jorge Paye Navas, de 54 años, se gana el sustento diario como lo ha hecho desde la mitad de su vida.

De pronto, un “cliente” aparece en un portal y lo llama. Jorge se acerca, saluda y toma dos cuchillos grandes de cocina.

Se sienta en el filo de la acera y acomoda su burrito de madera. Con una mano hace girar el mecanismo que dará vueltas a una rueda de pulir y con la otra sostiene un cuchillo.

De pronto, unas chispas amarillas y calientes comienzan a brotar del contacto de la rueda con la hoja del cuchillo. Jorge sostiene que en sus inicios se quemaba las manos y en algunas ocasiones las esquirlas afectaron sus ojos.

Comenta que un manabita de apellido Alcívar le enseñó a afilar cuchillos y tijeras, y que él mismo fabricó su herramienta de trabajo. Agrega que este oficio aún lo conservan algunos de sus vecinos en el suburbio.

Afirma que por la falta de trabajo se dedica a esta actividad, porque a su edad ya nadie lo contrata. De sus cinco hijos (3 adultos y 2 menores), solo uno de ellos sigue sus pasos.

Refiere que aunque en la actualidad hay artefactos eléctricos que sacan filo a los cuchillos, las personas no saben utilizarlos adecuadamente y no consiguen los resultados esperados. “Hay que saber afilar”, sostiene con orgullo.

Para él los mejores días para ejercer su oficio son los fines de semana, cuando logra $ 20, mientras que de lunes a viernes consigue $ 12 diarios, dice.

El disco de pulir de su herramienta de trabajo lo cambia cada tres meses. Así ofrece un buen servicio a sus clientes.

En pocos minutos, el rechinar del cuchillo con el disco de pulir logra que este instrumento de la cocina obtenga el filo requerido para cortar carnes.

Tras recibir el pago por su labor, Jorge vuelve a poner sobre sus hombros su pequeño instrumento de trabajo. El pequeño rondador de plástico vuelve a su boca y nuevamente emite el característico silbido para que un nuevo “cliente” se asome por una de las calles de la ciudad y lo llame. (I)

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