Crítica: Alago

Alago es probablemente uno de los restaurantes con la vista más privilegiada de Guayaquil. Está en una de las esquinas del centro comercial y gastronómico de Plaza Lagos, en el km 6 de la avenida Samborondón. Cuenta con una terraza que mira a un lago artificial, al cual atraviesa un puente rodeado de muchos locales, con una iluminación nocturna muy bien lograda.

En su interior, una barra se adueña de la escena, dividiendo el sitio en varios ambientes. Es el único restaurante en Guayaquil con una mesa del chef, un reservado con vista y contacto directo a la cocina, lo que hace que en este sitio se viva una experiencia, más que una comida. Quizá lo único que le faltaría para una visita perfecta es mayor interacción por parte del chef.

Hace pocas semanas remozaron su carta incorporando nuevos platos, aunque aún mantiene los más exitosos del menú anterior. Es el caso del peking pork, servido con papas salteadas en mantequilla y champignons. Un muy delicado cerdo en cocción lenta, de textura perfecta, bañado en salsa hoising, es ya un clásico de Alago.

Como entrada pedimos los nigiris de lomito con huevo de codorniz y flor de sal. Ingenioso y recomendable entremés. Seguimos picando wantán de mariscos y tiraditos. Satisfactorios.

Probamos los gnocchi de camote con salsa de queso azul y camarones al grill. Los camarones tiernos, perfectamente cocinados, iban muy bien con una salsa de queso que no era agresiva, logrando que lo más importante del plato fueran los gnocchi. El camote tiene propiedades similares a la papa pese a ser de distinta familia, cuyo almidón es mucho más delicado. La salsa los respetó.

El plato ganador de la comida fue el atún en risotto negro. El atún fue solo sellado, rojo por dentro, de excelente calidad, cubierto por una costra dura de sésamo negro, quizá ligeramente tostado, sobre una cama de arroz al dente, cocido en tinta de calamar con especias. Un plato muy bien concebido y logrado bajo cualquier estándar.

Siguió un meloso de pato con cerveza negra y cilantro que no debe perderse.

Finalmente, terminamos con el risotto de ossobuco, cuya base, rica en médula, consiguió concentrar el sabor del ossobuco.

No alcancé probar los ravioli de berenjena en salsa pomodoro, cuatro quesos y cebolla caramelizada, ni los ravioli de pera en salsa de queso azul y cebollín. Lucían interesantes.

Las porciones no son generosas, pero el restaurante no es caro para la experiencia que ofrece.

El cheseecake de guayaba de postre resultó perfecto. No había exageración de manteca o presencia de crema de leche, lo cual es abuso común en este platillo.

El servicio en Alago es bueno, quizá gracias a su baja rotación y buena capacitación. El sitio resulta una agradable experiencia con buena cocina. (O)

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