Índor callejero sobrevive por manos de Luis Chóez

Ese sábado, los peloteros de barrio aún no se han reunido en torno a una pelota de índor. Esa bola que salta y late como el corazón mismo de Guayaquil.

Esa tarde sospeché que tal vez vivíamos las últimas tardes de la pelota de trapo. Ahora niños y jóvenes quieren ser futbolistas, no peloteros callejeros. El índor no tiene futuro.

Actualmente todos, desde pequeños, buscan las canchas y las escuelas de fútbol. Además, los peloteros son perseguidos por la policía. La Agencia de Tránsito y el Municipio prohíben jugar en la vía pública.

Pero el tradicional índor callejero se niega a morir. En Guayaquil, personajes como Luis Chóez Obando lo mantienen vivo. Este artesano guayaquileño, de 75 años, le da vida en su taller Super Balones Chóez (Aguirre y José Mascote). Ahí surgen las más populares pelotas de índor hechas con sus manos.

Ahí, uno al pasar, ve a Chóez en su banco de trabajo, hundiendo el punzón en pequeñas figuras geométricas de cuero sintético, que luego coserá a mano, a puro pulso con hilo de nailon y formará un balón.

Cuenta que heredó el oficio de su padre, Luis Chóez López, quien trabajaba en una talabartería del barrio El Conchero (actual sector de la Bahía) confeccionando monturas, fundas para machetes y revólveres, maletas de cuero, etc. También reparaba los primeros balones de fútbol que llegaron de Argentina, así surgió la idea de confeccionar bolas de índor. Antes la barriada jugaba con una pelota de trapo que se hacía con un par de calcetines rellenos con papel y trapos. “Yo era chamaquito cuando veía que mi viejo hacía esas bolas, y como muchacho aprendí traveseando”, recuerda.

Las primeras pelotas tenían menos piezas, primero 6, luego llegaron las de 18 cuadros. Ahora un balón de fútbol y la bola de índor se forman de 32 piezas hexagonales y pentagonales.

“La tradicional pelota de índor era de cuero rellena con lana de ceibo que comprábamos donde hacían colchones de lana”, comenta e indica que también se rellenaban con algodón y papel. Algunos utilizaban aserrín, pero cuando llovía el cuero absorbía el agua, entonces la pelota pesaba y era más dura que una piedra. Ahora emplea cuero sintético, la rellena con caucho picado –reciclado–. Sus herramientas son un punzón que se llama abridor, la mordaza que es una pieza de madera sobre la que descansan las piezas que Chóez va cosiendo a mano. La piola que antes era de algodón, luego de cáñamo y ahora es de nailon.

¿Hasta cuándo va a seguir haciendo bolas de índor?, pregunto. Me mira con asombro y rodeado de pelotas a medio hacer y otras ya acabadas, responde: “Tengo que seguir, qué sacó sentado sin hacer nada. Yo soy el único sobreviviente de este oficio antiguo. Nadie quiere aprender este oficio. Todos me dicen: ‘Maestro, usted sí que tiene paciencia’. Y es verdad”. (I)

Más datos
Balones

Precios
Luis Chóez dice que su padre vendía una pelota a 4 sucres. Ahora la tradicional bola de índor –la más pequeña– cuesta $ 10 y la más grande –para jugar fútbol de sala–, $ 12, entre ambas hay 4 centímetros de diferencia.

Entregas
En los años 70 cuando se jugaba en casi todas las calles de Guayaquil, su padre semanalmente entregaba de cuatro a cinco docenas de pelotas a casas deportivas y a ligas de indorfútbol.

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