Mientras se despide a julio se prepara el advenimiento de octubre. De un tiempo acá dejó de ser la cédula de identidad requisito para establecer la pertenencia a un lugar.
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Las ciudades tienen algo que las hace únicas. Y Guayaquil es una demostración. Sus habitantes, su manera de caminar, hablar, vestirse sin complejos, contentos de ser lo que son, altos, bajos, delgados, obesos, en general, cada uno va orgulloso por la calle con ropa que imita la última moda y los colores de vanguardia.
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Guayaquil, brillas por tu propia naturaleza envuelta por el lienzo del cielo azul y blanco, diciéndole al mundo entero que no te quedaste en la historia del pasado, que la fundación realizada por hombres de origen español no te obligó a quedarte paralizada como un pueblo más en esta América.
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Una vez más, quienes vivimos en Guayaquil, celebramos de una u otra manera un año más de la fundación de la ciudad. La fecha nos lleva a reencontrarnos con la urbe en la que día a día construimos nuestra experiencia existencial y a reconocer lo mucho que tiene para ofrecernos.
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Cuando entro al barrio me siento libre y segura. Los vecinos caminan por las calles con o sin mascotas, las veredas son estrechas, en general bien mantenidas, con hermosas baldosas, limpias, adornadas hasta con macetas, pero no se camina por ellas, la calle es el lugar del encuentro, del saludo y de las contorsiones para esquivar vehículos y que ellos nos esquiven.
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Yo nací en esta tierra de las bellas palmeras, de cristalinos ríos, de paisaje ideal. De luchas y de empresa, de regeneración urbana y de nuevos proyectos ambiciosos. De huecas con sabor criollo, del Clásico del Astillero.
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Del Guayaquil posmoderno que viví, de ese entorno lento, de profundas divisiones sociales pero donde se convivía en paz, trabajaba al 70%, pero se ganaba al 500%, donde las cosas en general eran fáciles y sobreabundaban, donde se tomaba con calma todo y se hacía siesta, donde el verbo respetar todavía se conjugaba y cada quien guardaba su puesto.
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