Las 6 y 58 de la tarde. Hora registrada cuando los relojes se paralizaban, se había ido la luz. El Ecuador fue azotado por la naturaleza, un terremoto de 7,8 en la escala de Richter había acabado con la vida de centenares de hermanos, siendo el 16 de abril de 2016. En Manabí y Esmeraldas estaban los ojos del mundo.
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Pocas sensaciones espirituales son tan espléndidas como la certidumbre.
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José Montalván, de 59 años, dice que palpa la solidaridad. Su existencia depende de actos solidarios como el de los 25 voluntarios de la Fundación de Ayuda para los Enfermos Incurables (AEI), que lo acoge desde hace dos años y medio.
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