Las duras batallas de Moreno

Martes, 15 de Agosto, 2017 - 00h07
15 Ago 2017

Los esfuerzos por restablecer la unidad de Alianza PAIS entre correístas y leninistas parece, a estas alturas de la transición gubernamental, un esfuerzo imposible. A las dos tendencias las separan abismos insalvables por múltiples razones: conflictos de liderazgo, el gruesísimo tema de la corrupción y el proyecto –por el que se rasgan las vestiduras Ricardo Patiño y Gabriela Rivadeneira– cuyas fisuras son igualmente inmensas.

De todos los temas que dividen a los dos bandos la corrupción es el más fuerte. El gobierno de Moreno está empeñado en acumular evidencias en contra de Jorge Glas. Lo ha hecho desde la primera semana seguramente movido por toda la información acumulada hasta entonces. Distanciarse tempranamente de Glas significaba para el nuevo gobierno liberarse de una carga pesada que minaba su credibilidad y amenazaba con llevarlo al peligroso juego de encubrimientos y complicidades, que Correa llama lealtades. Como hemos visto, la información sobre el caso Odebrecht viene desde la justicia y la prensa brasileñas sin que el nuevo gobierno pueda controlarla políticamente. Eso explica los tímidos y lentos pasos que ha debido dar, muy a su pesar –me imagino yo– el fiscal de la nación.

El regreso al país de Carlos Pareja Yannuzzelli, de la mano de José Serrano –quien, de ese modo, se alinea en la pelea con Moreno–, transforma la batalla anticorrupción en una lucha a muerte entre grupos con ribetes mafiosos. Los términos de la polémica lanzados por el tuitero Correa, y las respuestas inmediatas de Capaya, el mayor enemigo de Glas, muestran la transformación de la política en una confrontación entre gente mala, dañada, perturbada, sin principios, inmersa en sistemas corrompidos. Correa inútilmente intenta presentarla como batallas ideológicas cuando son guerras entre grupos con intereses inconfesables.

Glas es un pez gordo que arrastra a todo el proyecto a la debacle, condena al expresidente Correa, al movimiento, y exige la completa reconversión de Alianza PAIS y la Revolución Ciudadana. Si Glas es la principal batalla política de Moreno por el momento, la segunda es el proyecto mismo. Moreno quiere hacer un gobierno poscorreísta –ahí están sus críticas sistemáticas a la política de la década pasada– con un equipo de gobierno mayoritariamente correísta. Como lo ha hecho notar el pelagato José Hernández, Moreno pareciera siempre estar solo en los debates públicos que lanza sobre las políticas del anterior gobierno. Sus colaboradores más íntimos, aún alineados al correísmo, nunca terminan de respaldarlo con frontalidad. Patiño, consejero político presidencial, defiende a ultranza la política económica que Moreno califica de irresponsable. El ministro Carlos de la Torre sigue defendiendo las líneas generales de la política económica de los últimos diez años. Virgilio Hernández tiene enorme dificultad para reconocer las tramas de corrupción del anterior gobierno, mientras Fander Falconí no añade nada a las críticas a las escuelas del milenio por las cuales Moreno ofreció disculpas. Sus ministros y consejeros o no comparten la visión crítica del presidente, en cuyo caso debieran irse a sus casas, o aún les da terror salir a cuestionar a Correa.

Ganar la batalla de la corrupción es crucial para Moreno, pero también lo es darse una estructura de gobierno consistente y coherente con los cambios y giros que demanda el giro poscorreísta insinuado. (O)

Las duras batallas de Moreno
Los esfuerzos por restablecer la unidad de Alianza PAIS entre correístas y leninistas parece, a estas alturas de la transición gubernamental, un esfuerzo imposible.
2017-08-15T00:07:05-05:00
El Universo

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