Nos salvará la belleza

Viernes, 21 de Abril, 2017 - 00h00
21 Abr 2017

La belleza no es estatus, no es un Porsche ni un look “casual” más caro que el alimento anual de cien niños en Yemen. La belleza no es vanidad: rellenarse por aquí, succionarse por allá. La belleza es desobediente, subversiva. Brilla con luz propia. La belleza no se consume, no se compra ni se vende. No se somete a patrones ni anda en tacones por una pasarela. La belleza vive y sobrevive en la intimidad de la mirada: imaginación, recuerdo, fantasía.

La belleza salva, dignifica. Como la Lena Antognetti de Caravaggio, humana demasiado humana eternizada como Virgen con Jesús en brazos, de quien se enamoró el pintor en una barriada de Roma. Porque Afrodita nació cuando su padre, Urano, intentó copular con Gaia, la tierra, y Cronos castró a su propio padre cuyos genitales cayeron al mar. Se mezcló su semen con sangre y agua sal. Y de allí surgió (del mar: de la espuma de la violencia, el deseo, el tiempo, la tierra y el cielo) la divina Afrodita, diosa del amor y la belleza.

Cuando el mundo amenaza con ahogarnos, nos salvará la belleza cuya espuma contiene la fortaleza y la fragilidad humanas. Desde la Antigüedad, Occidente identificó belleza con bondad y verdad: destello de armonía divina en las tinieblas de este valle de lágrimas. Hasta que inventamos la luz eléctrica (y la silla eléctrica… las cámaras de gas, las armas nucleares). Empezamos entonces a desconfiar de lo bello, lo bueno, lo verdadero y lo divino, convencidos de que el orden místico del universo está hecho a imagen y semejanza de nuestros horrores.

A la belleza le resbalan las ideologías, los hipócritas, los profesores universitarios amordazados por la teoría. La belleza sigue triunfando sobre el cinismo, el esnobismo, las ideologías, la destrucción. Salvó a la escritora rumana (Premio Nobel de Literatura) Herta Müller, quien se resistió a la obediencia exigida por la dictadura comunista y sus militantes uniformados con los serviles colores del partido. Se echaba “un toque de pintalabios para la dignidad” cuando la “invitaban” a un interrogatorio, cuando desaparecía un amigo. ¿Pintalabios? Sí. Porque el cura del pueblo decía que el maquillaje era cosa del diablo; el pintalabios, sangre de pulgas. Y quién no sabe que los militantes no son más que niños obedientes.

El espíritu humano se marchita cuando deja de cultivar la belleza, la libertad. Cuando en 1944 Primo Levi fue lanzado al infierno de Auschwitz, reducido al hambre, la pestilencia, el terror, el agotamiento, un preso le advirtió: no dejes de lavarte el rostro, aunque sea con agua sucia y secándotelo en la chaqueta, no dejes de limpiar tus zapatos y caminar erguido, no arrastres los pies. Porque ese día habrán sometido tu dignidad, y empezarás a morir.

La belleza salva, y no porque nos “alegre”. La belleza nos reconcilia con el sentido de la existencia, superior a la felicidad. Revela el triunfo de la dignidad humana incluso de cara al horror. La belleza es el director de la orquesta sinfónica de Bagdad tocando su chelo entre los escombros ensangrentados tras un atentado terrorista. Es un árbol con tal voluntad de vivir que echó raíces entre los ladrillos de la muralla de un gueto, donde un chico seguiría su ejemplo y sobreviviría al Holocausto. La belleza es la fotografía de un niño jugando con pompas de jabón en El Matal, tras el terremoto que asoló su hogar. Es el humor de Pablo Palacio entre las tinieblas de la soledad y la enfermedad. Es Bulgákov escribiendo a la sombra de Stalin. Es una periodista que pasa el día entre muertos sin olvidar que ser humano significa justamente no considerar “normal” sembrar la tierra con cadáveres de niños. La belleza es el cabello perfumado de las ucranianas hacinadas en un búnker nuclear.

El espíritu humano se marchita cuando deja de cultivar la belleza, la libertad.

(¿Quién podría explicarles que en el mundo hay quien se da el lujo de andar voluntariamente sucio y vestido con cualquier trapo, de destruir bienes públicos por puro “odio al sistema”? ¿Cómo explicarle a un niño hambriento que existen adolescentes consentidos que gozan del privilegio de destruir sus propios cuerpos, de vandalizar parques y edificios en los que ellos pueden tan solo soñar?).

De la opresión de la guerra, el odio, el fanatismo, la injusticia social, nos salvará un atardecer, un baile, una rosa. Un cuento de Chéjov (Pabellón N.° 6). La belleza se resiste a ser engullida por los procesos bestiales de la historia que van cobrando una velocidad estrepitosa. La estética es un antídoto contra la anestesia, la indiferencia, la vulgaridad, la arrogancia.

Pero la belleza no se impone. No se obliga, por decreto, a creer en ella. La belleza es un encuentro íntimo con el sentido de la vida, donde incluso en la tragedia más absurda se halla una chispa de humanidad, una promesa de salvación. La belleza es frágil pero irradia fortaleza y sobrevive al tiempo. Mientras que todo lo demás se consume. (O)

Nos salvará la belleza
La belleza no es estatus, no es un Porsche ni un look “casual” más caro que el alimento anual de cien niños en Yemen.
2017-04-21T00:00:09-05:00
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