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Acostumbrados a la tragedia

La pasión de la bestia fantástica eran las riquezas. Le bastaba escuchar el retintín de una moneda cayendo al suelo para sacar las garritas y saltar enloquecido en pos del botín. Collares de oro, billetes, diamantes, nada saciaba a esta criatura medio pato medio nutria, una especie de ornitorrinco, a la que el mago finalmente encontró en la bóveda de un banco, atracada de tesoros. La agarró entonces de las patitas y, poniéndola boca abajo, empezó a sacudirla: por el pico fue devolviendo todo lo que había robado.

Se llama niffler esta criatura fantástica, cuyo parecido con personas reales no es coincidencia. Incapaz de resistir el brillo de la riqueza, excava incluso en las profundidades de la tierra para extraerla. Digamos que es una especie de mezcla entre petrolera-minera y político corrupto. Conocí al niffler gracias a la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, cuyo guion fue escrito por J. K. Rowling (esa misma, la de Harry Potter) basado en su libro homónimo. Se dice que es un filme del género fantástico ambientado en un “mundo mágico”, pero a mí me huele a alegoría del mundo en que vivimos. Nuestros niffler, sin embargo, tienen menos vello corporal (a veces), el pico más corto (pero les sirve para tuitear) y patas más largas y veloces para escapar de la justicia. Y nuestros niffler no protagonizan una película fantástica sino un verdadero melodrama que ha cobrado dimensiones épicas, una historia de ambición desmedida, corrupción y mentiras descaradas intitulado “La gran tragedia latinoamericana”.

Una historia apasionante, tristísima, basada en hechos de la vida real, y aun así debo confesar que me cuesta identificarme con sus protagonistas. Quizá soy demasiado inocentona o conformista, carezco de esa ambición que les sobra a los niffler, y el dinero me interesa solo hasta cierta medida. Los billetes, de plano, me asquean (dónde habrán estado metidos antes de llegar a mis manos). Y si ese dinero que me gano con el sudor de mi frente apesta, ya imagino cuánto apestará el dinero sucio, tanto que es necesario lavarlo. No vayan a creer que soy una santa, si el dinero pudiera comprar talento, sabiduría, salud y amor, le vendería mi alma al mismo diablo a cambio de billete. Pero siendo que no es así y que si bien pagando te puedes hacer achicar la nariz (que extrañamente se te fue alargando en el proceso de enriquecerte) o tratar tus dolencias en el mejor hospital privado, nada te garantiza que después de ello quedes ni guapo ni sano. Es duro aceptarlo pero, así mismo es, tan verdadero como el lugar más común: el dinero no compra la felicidad. Y por eso mismo la tragedia de la corrupción es doblemente trágica.

Existe un mago capaz de enfrentarse a la sed de riqueza de los nibbler, de agarrarles de las patitas y hacerles devolver lo robado: se llama justicia y voto responsable.

Nuestra telenovela no está protagonizada hoy por Catherine Fulop y Fernando Carrillo sino por Odebrecht y sus sobornados: Perú, Colombia, Brasil, Ecuador, un gran elenco internacional. Por citar uno de los cientos de medios serios que hablan de nuestro más reciente novelón, diario El País afirma: “El caso Odebrecht en Ecuador: una trama oculta durante casi una década” y explica que “El país recibió entre 2007 y 2016 sobornos de la constructora brasileña por valor de más de 30 millones de euros”. Lo bueno de que Ecuador se cuente entre los sospechosos es que ya nos vamos haciendo famosos a nivel mundial y dejamos de ser tan invisibles. Ya no solo somos el país de los terremotos sino que nos van conociendo también por nuestros papeles protagonistas en telenovelas de relevancia histórica. Ya es hora de que dejen de creer que Ecuador es solo pura naturaleza y puro amor: si All we need no es love sino también algo de billete. Lo que me inquieta (y me huele a manada) es que aunque se afirma que “el país” (o sea todos los ecuatorianos) recibió 30 millones de euros lo que es yo no he visto ese dinero ni en pintura. A ver, si todos hubiéramos recibido 30 millones de euros (digamos unos 32 millones de dólares), siendo una humilde nación de unas 16 millones de personas, nos hubiera tocado a eso de dos dólares per capita, si mi calculadora no me falla. Qué injusto, además, que a todo “el país” nos haya tocado unos 30 millones cuando al expresidente de Perú Alejandro Toledo para él solito le pasaron 20. Y qué raro que nosotros todavía constemos como “el país”, mientras que otros casos de corrupción ya tienen nombre y apellido: será que faltan algunos prefijos “ex” para que la verdad termine de salir a la luz.

Existe un mago capaz de enfrentarse a la sed de riqueza de los niffler, de agarrarles de las patitas y hacerles devolver lo robado: se llama justicia y voto responsable. Pero quizá nos hemos acostumbrado tanto a vivir la tragedia que hemos dejado de creer en la magia. Ojalá me equivoque. (O)

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