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Columnistas

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¡Verde que te quiero! ¡Verde!

Verde floresta, verde selva, verde esperanza. En una columna anterior hablé de las energías verdes, en particular de la solar, que en nuestra latitud abunda y es de libre disponibilidad. Para no ser acusado de llamar a engaño, he de decir que requiere de inversiones iniciales, no muy grandes, que se pueden amortizar entre cinco y siete años, y luego, como afirma Jeremy Rifkin, la tendencia será al costo marginal cero. Pero hay otras iniciativas verdes, muchas de pequeña escala, que dadas las condiciones y los incentivos correctos, podrían brotar como hongos luego de la lluvia.

He tenido oportunidad de estar en la Amazonía, de ver ese verde extenso, pero sobre todo de sentir su poderosa energía, esa fuerza vital y vegetal que viene de la tierra y de los árboles que de ella se nutren, que en pago aportan con biomasa para hacer que el ciclo se sostenga. Pero, sobre todo, he tenido oportunidad de ver lo que un empresario consciente y dos agrupaciones indígenas están construyendo: una alianza entre nativos y un emprendedor ecuatoriano con conexiones en Norteamérica. Son las comunidades Shuar Twasap y Kichwas Wiñak dispuestas a poner valor agregado a sus productos ancestrales como el cacao endémico, el sacha inchi, la papa china o la guayusa, para llevarlas al mercado internacional en forma de barras energéticas y bebidas estimulantes. El concepto básico es llevar nuestros productos y conocimientos ancestrales al mundo desarrollado, que a su vez pagará precios justos y reconocimiento a estas comunidades, conformadas por decenas de asociados, en su mayoría mujeres cuidadoras de chakras que se cultivan dentro del bosque y que provienen de unas 40 comunidades. Gentes con dignidad y resueltas a ocupar su lugar en el mundo, orgullosos de saberse descendiente de los habitantes originarios.

Pude estar en Manabí, en Ayampe, donde compartí su visión de futuro con una pareja de empresarios sensibles y conscientes de este pequeño valle que limita al norte con el parque nacional Machalilla, tiene frente al mar y se beneficia del agua que viene de la montaña. Esta pareja está empeñada en reforestar esas tierras; han plantado cientos de miles de palmas reales y árboles de distintas especies, con el solo propósito de conservar la tierra y recuperar la humedad. Encontré una comunidad de gente despierta, trabajadora y abierta al mundo, deseosa de estudiar y aprender, convencida de que el trabajo es la única forma de superarse. No se han amilanado con las secuelas del terremoto y se han levantado con una entereza admirable.

Estos nativos se han hermanado con una cantidad de gente de otras latitudes del Ecuador y de América; encontré colombianos, argentinos, uruguayos y americanos del norte, también europeos, que conjuntamente con los locales, listos y bien dispuestos, han desarrollado multiplicidad de emprendimientos pequeños, todos con señales de respeto al ambiente y al prójimo. Encontré restaurantes originales y exquisitos, una pastelería pequeña con productos sensacionales, un pequeño empresario que saca aceite de coco extra virgen, o productores de licor de café. Todos empeñados en poner valor agregado a lo que producen, acoger hospitalarios al visitante y mostrarse orgullosos al mundo.

Gentes que perciben el mundo desde donde están plantados; lo hacen con ilusión y esperanza, encaminan sus pasos en la dirección correcta, y ponen su fe en el trabajo digno de gentes sencillas, que cargan el conocimiento de generaciones en convivencia respetuosa con su entorno. Estas gentes me hacen sentir orgulloso de ser ecuatoriano; como lo estaban Hernández, Machado y García Lorca de sus gentes en tierras españolas. ¡Verde que te quiero! ¡Verde! (O)

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