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Columnistas

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Fidel el sofista

Cuando éramos chicos decir Fidel era como decir Judas, Lucifer o el Hombre de la Bolsa: la empleada de mi casa decía que si nos portábamos mal iba a llamar a Fidel. Así crecimos, por lo menos todos los que en esa época éramos chicos, cuando Fidel tenía bastantes menos años que yo ahora. Fidel era el demonio en casa, pero también en el barrio, en el colegio, para amigos y parientes. Y si Fidel era el diablo, Cuba era el infierno. Había otros diablos menores, pero con esos no me voy a meter… solo digo que no teníamos la culpa de las broncas presentes y pasadas de nuestros padres y abuelos y tampoco de su propio imaginario. Y digo también que así crecimos, sin preguntarnos por qué; eso viene más tarde en la vida. Lo notable es que el tiempo pasó, murió medio mundo y Fidel los enterró a todos… La cara de antes se fue agrandando, se puso orejón, perdió pelo en la cabeza y en la barba y las manchas del tiempo se instalaron en su piel. Hasta que se volvió un viejito serio, metido en un inexplicable jogging Adidas, con el que habrá muerto el pasado Black Friday, a la edad de mi padre, en su casa de Santiago de Cuba.

Mientras, nos hicimos amigos…

Bueno, cuando alguien muere aparecen los amigos íntimos que apenas lo vieron alguna vez de lejos. Seguro que ocurrirá ahora con Fidel, total no está él para desmentirlo. Por eso voy a contar las dos veces que estuve con mi amigo Fidel.

La primera fue en Guayaquil, Ecuador, apenas empezado el primer día de diciembre de 2002. Fidel viajó a Quito el 29 de noviembre a inaugurar la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín que sí había sido su amigo. Al día siguiente se escapó a Guayaquil a cenar con León Febres-Cordero y a las 2 de la madrugada del 1 de diciembre partió a La Habana. A Guayasamín se le ocurrió la contradicción bestial de levantar una iglesia dedicada al ser humano y pintarla como si fuera la capilla sixtina. Digo contradicción porque si no crees en Dios es muy loco enojarte con Dios y también endiosar al hombre. Y León Febres-Cordero estaba en las antípodas políticas de Fidel, pero eran amigos quizá porque compartían la locura por el poder y seguramente también algunas cosas ricas de comer y beber. En aquel viaje apenas le dio tiempo a Fidel para saludar al presidente Gustavo Noboa, pero sí le alcanzó para pasar unas cuantas horas con su amigo León. Yo trabajaba entonces en el diario Expreso y me colé a hacer guardia hasta donde me dejaran llegar en El Cortijo, donde estaba la casa de LFC en la zona del Buijo. Debía ser más de la una de la madrugada cuando salieron a saludar y posar para los fotógrafos en la puerta de la casa. Castro estaba de terno azul y zapatos de caucho negros y Febres-Cordero de cowboy y botas texanas.

La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba.

La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

Descubrí entonces que Fidel era un sofista hecho y derecho, como los de la antigua Grecia que condenaron a Sócrates: charlatanes eficaces por su retórica, pero no por sus contenidos.

Sus razonamientos llevaban siempre a la misma conclusión, tan falsa como la premisa de la que partían. La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. No admitía preguntas ni aclaraciones, solo aplausos y vivas a una victoria que no llega nunca. Lo curioso es que al público le gustaba, quizá porque no hay pobreza como la ignorancia. (O)

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