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¿Celebrar la muerte de Fidel?

Viendo una multitud de cubanos exiliados en Miami, agitando banderas, gritando consignas, no dejo de sentirme perplejo. Por más que se pueda odiar a una persona por tal o cual razón, pienso que la muerte debería aplanar rencores, devolver la quietud a las almas atormentadas. Recuerdo haber estado en Cuba realizando un especial para Ecuavisa. Me otorgaron un pase muy abierto, tuve acceso a lugares donde no pueden llegar los turistas, recuerdo haber entrevistado a una jinetera (prostituta) graduada en realidad como analista de sistemas, haber visitado en el malecón edificios que se caían a pedazos, haber llegado a los suburbios de La Habana donde la gente vivía en forma muy precaria. Las cámaras muestran, no mienten. Uno puede discrepar del comunismo o considerar como pocos los resultados alcanzados por una revolución que ya tiene cincuenta y siete años, más de medio siglo, donde el salario promedio mensual es de veintisiete dólares, donde lo importante de cada día para un cubano es conseguir comida. Todo eso puede ser cierto, pero Fidel mantuvo durante estos cincuenta y siete años un innegable liderazgo. No creo que hubiesen sido motivos de celebración la muerte de Salvador Allende, la del Che Guevara. Todo hombre que lleva un ideal, equivocado o no, merece el más grande respeto. Incluso Khadafi, sin juicio, fue objeto de una muy cruel agonía. Cuando brindaron un cóctel a los numerosos periodistas llegados del mundo entero para celebrar un cumpleaños de Castro (sus 70 años en 1996) pude, gracias a una cortesía de Alfredo Vera, tener acceso a una sala pequeña reservada para un círculo muy cerrado. Recuerdo el momento en que pude obtener una fotografía al lado de Fidel, quise poner mi brazo detrás de la espalda de él, un agente de seguridad, con una sonrisa, me lo hizo bajar.

Donald Trump celebró triunfante “la muerte del dictador”, Obama declaró: “La historia registrará y juzgará el enorme impacto de esta singular figura en las personas y el mundo”, opinión realista, desapasionada, habla por sí sola de la diferencia entre ambos mandatarios. Cuando estuve al lado de Fidel, lo vi alto y grande, no solamente por su estatura física sino por el magnetismo que su presencia despertaba. Teníamos ambos una copa de vino tinto en la mano. Santiago Roldós le hizo una pregunta acerca del presidente de Ecuador (Abdalá Bucaram), Fidel contestó que no se metía en la vida política de otros países y añadió riéndose con cierta ironía: “Háganme preguntas acerca de mis amores”.

Cuando estalló la crisis de los misiles (1962) el mundo entero se puso a temblar, estuvimos a dos pasos de un conflicto nuclear. Solo dos veces se puso en alerta (Defcon) la disponibilidad de las fuerzas armadas en EE.UU. Fidel Castro y su revolución impactaron a nivel mundial, trastornaron a Sudamérica, el Che se volvió leyenda. Para frenar el contagio, Estados Unidos inventó la Alianza para el Progreso. Que lo quieran o no sus enemigos, Fidel, desde un país relativamente pequeño en su extensión geográfica, logró tener en vilo a la potencia más grande del mundo. Vivo o muerto, merece respeto. (O)

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