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El caso Capaya

Asombro e indignación provocaron las imágenes de paquetes de dólares almacenados en piso y tumbado falsos en el allanamiento de Fiscalía a la casa de un exfuncionario de Petroecuador; inevitable asociarlas con las que hemos visto en las series de Netflix del crimen organizado.

De acuerdo a informaciones, el dinero tenía cintas de 2008 confirmando al parecer que se trata de corrupción vieja; aunque nada nuevo para quienes hemos venido comentando con suspicacia aquello de las “manos limpias” (y uñas largas).

El presidente admite que es el peor escándalo de corrupción de su gobierno, pero es apenas la punta del iceberg; sería ingenuo pensar que los 12,8 millones de dólares en coimas detectados gracias a la denuncia de los Panama Papers, es todo lo que hay de por medio; sobre todo considerando que el contrato para rehabilitar o repotenciar la Refinería de Esmeraldas se incrementó de 180 a 1.200 millones de dólares, a través de 180 contratos, según la denuncia del exsindicalista petrolero Fernando Villavicencio.

Los decretos de emergencia para permitir la contratación directa de acuerdo al giro específico de negocio ha sido –aunque la intención pudo ser distinta– un ábrete sésamo al amiguismo y la adjudicación a dedo; y no ha sido solo en el caso de la Refinería u otros del ámbito petrolero, sino en general de los sectores estratégicos y demás donde el Estado ha invertido un monto de recursos sin precedentes.

El mea culpa es que se trata de exfuncionarios que han traicionado la confianza del régimen, desestimando la responsabilidad de quienes los nombraron y mantuvieron en puestos clave durante años. Hay pecados de acción pero también de omisión.

Entre los datos relevantes que arroja la investigación de la Fiscalía consta que uno de los sindicados festejó su matrimonio con una fiesta que habría costado 170 mil dólares. Cuestionamos si acaso esto no fue de conocimiento de las autoridades gubernamentales, a fin de que prevengan oportunamente el escándalo que iba a sobrevenir tarde o temprano.

Para el vicepresidente candidato es una situación sumamente delicada toda vez que ha sido la figura protagónica del área energética, donde se han ejecutado los megaproyectos emblemáticos.

Se empeña por mantener intacta su integridad personal, pero resulta inevitable que el Caso Capaya le haga sombra. En las redes sociales viene siendo juzgado con severidad.

Ha amenazado con enjuiciar a la “Estrella de Panamá” si no rectifica una comprometedora información, pero ha tenido por respuesta la publicación de su carta en aparente desafío; al momento se mantiene como una polémica en ciernes.

El presidente, de su lado, ha arremetido contra el medio tildándolo de pasquín como acostumbra contra todo aquello que lo provoca, pero se trata de uno de los periódicos más antiguos del continente, fundado en 1849, que ha dado imprenta a prominentes escritores como Juan Montalvo, que publicó en sus páginas la célebre “Dictadura Perpetua”.

A pesar de una liberalidad en la contratación pública sin precedentes, los organismos de control han sido contemplativos ante la corrupción; su actuación ha sido reactiva y muy poco comprometida. Y para colmo la justicia se mantiene como rehén del poder sin garantía de independencia en su accionar.

Esta frustración puede ser un factor de revés electoral del oficialismo, en medio del giro irónico que ha cobrado en memes su eslogan de “Vamos por más”. (O)

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