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Columnistas

En diciembre, empresarios y expertos están empeñados en realizar balances económicos.

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¿Y si fueras tú?

¡Qué tiempos de desasosiego los actuales! Cada día una noticia de corrupción, a escalas inimaginables y con cifras otrora impensables, nos abofetea a los ciudadanos de a pie, aquellos que trabajamos cada día intentando construir y contribuir, en lo que podamos, a un país que amamos.

Nuestras fibras más profundas se tensan ante entramados de corrupción que develan torcidas alianzas y conexiones, que el poder intenta por todos los medios disfrazar. El grado de cinismo excede todo límite soportable. Perplejos acudimos a explicaciones que ofenden el más básico intelecto. Nos indignamos con la ya recurrente salida del país, por matrimonios o paseos, de exfuncionarios que están bajo la lupa de una justicia parcializada, mientras los ladronzuelos y delincuentes comunes sentirán todo el rigor de una ley dispar.

El controversial caso de la exjueza y los vídeos comprometedores nos confronta una vez más a las dudas crecientes en una justicia en la que cada vez confiamos menos. Debe sin duda prevalecer la premisa de inocencia hasta que se demuestre lo contrario, sin embargo, las contradictorias decisiones legales nos confunden. Una “justicia” que implacablemente blande la espada para advertir a aquel que osó difundir la reprochable prueba, concediendo en cambio rápidamente la libertad a la sospechosa de un delito flagrante.

Estamos agotados de percibir a una justicia enmarañada donde algunos parecen estar más allá de la ley. La célebre dama vendada con la espada en una mano y la balanza en la otra representando los principios fundamentales de una justicia imparcial, sin preferencias, que no mira a las personas sino los hechos, parece haber sido secuestrada. El caso del exasambleísta Cléver Jiménez y del periodista y político Fernando Villavicencio, que develaron los casos de corrupción de Petroecuador, lo refleja. Al igual que la amenaza contra quien difundió el video de la exjueza ebria, nuestra justicia se lanza cual fiera rabiosa contra aquellos que develaron deleznables actos de corrupción. Prisión preventiva contra Jiménez y Villavicencio bajo la acusación de supuesta divulgación de documentos hackeados a cuentas de funcionarios de la presidencia. Paradójica acusación en un país que ha brindado asilo político en Londres a uno de los más famosos hackeadores de los últimos tiempos.

La entrevista a Verónica Sarauz, esposa de Villavicencio, publicada por 4pelagatos, describiendo el viacrucis vivido por ella y su familia, me ha confrontado a una vergonzosa interrogante. Soy acaso una ciudadana más de una sociedad que prefiere bajar la mirada ante la injusticia por miedo o comodidad. Nos hemos vuelto acaso una sociedad distraída, ausente o peor aún, cómplice e inconsciente de la importancia de alzar su voz para hacerse escuchar fuerte y claro cuando el poder avasalla y atropella.

Desencadenemos nuestra justicia, levantemos la voz por aquellos cuyos derechos son vulnerados. Seamos una sociedad de la cual sentirnos orgullosos y no avergonzados. Hay una máxima de vida muy conocida que dice “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan”. Yo prefiero la forma activa “hagamos por otros lo que nos gustaría que hicieran por nosotros”. ¿Si fueran vulnerados tus derechos, los de tus hijos, tus padres o amigos, cómo quisieras que los demás actuaran? (O)

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