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La estatua

La corrupción pasó a ser cuestión de fe y adquirió corporeidad, forma, sustancia, el instante en que se develó la estatua de Néstor Kirchner, mucho tiempo antes de que a su viuda la Asamblea le pinchara con su más alta presea, destinada solo a las más ilustres entre todas las ilustres.

Elevado a la categoría de héroe de la “patria grande”, la imagen de Néstor Kirchner se torna visible para quien recorre la autopista que conduce hacia esa línea imaginaria que divide en dos al mundo y se sorprende ante ese enorme edificio que aparece en medio de un paisaje yermo que, necesariamente, atrae la atención ya por su diseño aerodinámico, ya por sus colosales, ostentosas dimensiones.

Si la estatua de alguien que administró los recursos del Estado para su beneficio, el de su familia y su séquito de malhechores es la que está en la entrada de Unasur, ¿por qué entonces los otros que asaltan fondos públicos deben ser perseguidos? ¿No merecen también ellos una escultura, como apóstoles de su doctrina? ¿Una medalla conmemorativa? ¿Un retrato en las oficinas públicas?

¿Y no requiere la historia del país ser revisada? Así los niños, tras ir en peregrinación a la estatua de Kirchner y entonar ante su efigie el himno nacional, recibirían de la maestra la explicación de que nuestra patria también ha sido pródiga en parir asaltantes de caminos pero que, lamentablemente, sus hazañas no han logrado aún la misma difusión que las del argentino. ¿No merecen los muchachos una arenga de su profesora para insuflar en sus pupilos el sentimiento patrio a fin de que, cuando ellos alcancen el poder, honren con monumentos a El Águila Quiteña, El Cazamuchas, el Huevas Tristes o el Ladrón de la Levita, entre los muchos otros de ese jaez?

El santoral de la patria chica bien podría abastecer al de la patria grande con nombres cuyas trapacerías pudieran engrosar cualquier antología del atraco y servirían, además, para demostrar que nuestra patria altiva es también soberana para sustentar con ventaja la nómina de pícaros.

El sitio que hoy ocupa, por ejemplo, ese horrible mamotreto de la Virgen colocado en El Panecillo, se reemplazaría por una pirámide de la repotenciada refinería de Esmeraldas, en cuyo interior se exhiban los bustos esculpidos en oro de sus principales artífices, para la mejor ilustración de los visitantes que acudirían reverentes para recitarles jaculatorias y entregarles ofrendas.

La recién inaugurada rueda moscovita en Guayaquil debería mostrar, cuando llegue al punto más alto de su giro, una valija que, al abrirse automáticamente, deje caer evanescentes copos de algodón que recuerden que los ecuatorianos estamos en capacidad de llegar a ser los más grandes exportadores oficiales de cocaína, a la que honraríamos con el nombre que mejor la camufla: “diosa blanca”.

Si la imagen de Kirchner ha sido glorificada, se entiende cómo el fiscal se hace de la vista gorda ante la huida de los peces gordos, con el incontrastable argumento de que el exilio es más duro que la cárcel. Y allá van a gozar del sol, de su botín y de sus rentas los ladrones, desde que uno de los de su calaña fuera inmortalizado por el Gobierno con una estatua que, desde su hierático silencio, habla del modelo a imitar. (O)

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