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¿Sirven las encuestas?

En los últimos meses, el descrédito de las empresas encuestadoras ha sido notorio debido a los múltiples errores que se han producido en distintas mediciones de procesos políticos en algunos países, siendo quizás el caso más emblemático lo ocurrido con la proyección de los resultados del plebiscito que se dio en Colombia por el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC, cuando se daba como seguro el triunfo del Sí con una intención del voto con más del 55%, proyección que fue desvirtuada con la sorprendente victoria del No en el mencionado plebiscito. Es como señalaba un conocido escritor “el derrumbe de la democracia encuestadora, a esa variante más pobre aun de la democracia de delegación que se va desquebrajando por momento”.

A partir de lo ocurrido en Colombia, se empezó a elaborar una serie de conjeturas y teorías respecto de los motivos y razones por las cuales las encuestadoras no tuvieron la capacidad de “dimensionar” las estimaciones de la intención del voto, especialmente cuando el electorado (realmente el encuestado) oculta su intención de voto o simplemente dice votar por una opción distinta a la que finalmente escoge, esto sin sumar el gran porcentaje de indecisos que termina por hacer más complicada la medición propuesta por la empresa encuestadora; en otras palabras, se resalta el hecho de que las encuestas no logran descifrar ni el voto oculto, ni el voto “camaleón” sin perjuicio que cada vez es mayor el número de encuestados que reserva su verdadera inclinación de voto hasta el momento del sufragio. Recientemente en las elecciones presidenciales de Estados Unidos el encuestador Arie Kapteyn tuvo el mérito de ser uno de los pocos profesionales en anticipar el triunfo de Trump con base en una nueva metodología, dejando a un lado la clásica pregunta “¿usted por quién va a votar?”, pidiendo en su lugar que los encuestados indicasen en una escala del 0 al 10 cuál era la posibilidad de que votasen por uno u otro candidato, a lo que agregó otras preguntas poco habituales en la consulta de las encuestas.

Con tales antecedentes, no sorprende que se cuestionen las proyecciones que vienen dando las encuestadoras respecto de las próximas elecciones presidenciales que se darán en el país luego de pocos meses, especialmente si se considera que las cifras y datos que se publican varían notablemente tomando en cuenta no solo la inclinación política de la encuestadora, sino también el receptor de sus servicios profesionales, pues, por ejemplo, difícilmente una encuestadora hará pública una proyección en la que se resalte la baja intención de voto de quien la contrató. Sea lo que fuere, el gran desafío en el caso de las próximas elecciones es proyectar la decisión final del alto porcentaje de indecisos que todavía se sigue reflejando en las encuestas, más allá de la incógnita de si ese porcentaje realmente sigue indeciso o ya decidió su voto y prefiere ocultarlo.

Al momento, la mayoría de las proyecciones electorales menciona a los dos candidatos ubicados en los primeros lugares de la intención de voto, sin embargo, a diferencia a lo que ocurría hace pocos meses con el triunfalismo oficialista, crece la duda respecto de si habrá o no segunda vuelta electoral. En ese contexto, las encuestadoras seguirán haciendo su trabajo, unas de forma más seria que otras, pero algo queda claro: las encuestas sirven, pero el candidato que depende solo de las encuestas muere políticamente con ellas. (O)

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