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Aprender la lección y no repetir lo mismo

Hace un buen tiempo que he dejado de escribir artículos sobre la situación política en Ecuador. Me cansé, en cierta manera, de tener que gastar palabras alrededor de políticos que, a mi modo de ver, no se lo merecen. Además de que hay otros columnistas, especializados en el tema, que lo hacen mucho mejor que yo, desde el Pájaro Febres Cordero a Roberto Aguilar. Obviamente, hay grados de indignación frente a lo que no es posible quedarse callado. Todos estos años del Gobierno los he atravesado declarando, desde un comienzo, que nunca he sido correísta. Y lo lamenté sobre todo por amigos y conocidos que estuvieron muy cerca del correísmo, y que por suerte se marcharon, o incluso los que todavía persisten. Al comienzo hasta pensé que mi percepción estaba equivocada. No tardé mucho en comprender que no debía dudar de mi percepción. Han sido años donde se ha visto, solamente en el campo de las letras y las humanidades, cómo muchos escritores e intelectuales supieron jugar a la conveniencia con el derroche descomunal en el que cayó este Gobierno y que prometía cosas –se creó un ministerio que terminó en no concretar nada relevante para la cultura y que ahora, apresuradamente, trata de remediar un monumental retraso–. En el campo editorial y de la literatura, la ecuación ha ido a peor.

Hubo en todos estos años un juego de conveniencias e intereses entre quienes directamente se sometieron al ridículo de dejarse insultar por un presidente prepotente y procaz, hasta quienes estuvieron discretamente callados dejando que pase el ruido con el argumento peregrino de que no se podía hacer nada. Hubo excepciones admirables que no puedo olvidar. Como la que llevó a cabo el periodista Carlos Jijón en el 2007, en una rueda de prensa en la que el presidente echó al periodista Emilio Palacio. Jijón decidió levantarse y marcharse de la rueda de prensa por solidaridad ante esa prepotencia. Nadie lo obligaba, se diría. Lo obligaba su sentido de la ética y de que lo que ocurría era un indicio de abuso de poder. El otro ejemplo admirable es el del escritor Francisco Proaño Arandi, diplomático de carrera que prefirió renunciar, en 2010, a la presidencia de la Organización de Estados Americanos antes de ceder a la manipulación que le pedía el ministro de Relaciones Exteriores de aquel entonces. Frente al sometimiento, traición de valores, silencio conveniente y retorcidas justificaciones detrás de la retórica de “El Proyecto”, hay que destacar y recordar la dignidad de Carlos Jijón, Francisco Proaño Arandi y de muy contadas excepciones que son quizá lo mejor que me queda luego de este marasmo moral y retórico de un presidente del siglo XXI exigiendo que se respete la “majestad” presidencial, como para no olvidar ese adjetivo monárquico y recordárselo siempre a los intelectuales laicos y antimonárquicos.

Pero el asunto no termina ahí. Conviene aprender la lección de la década pasada. Mal empezamos si los candidatos presidenciales proponen no cambiar el largo brazo de control totalitario del Estado que deja el correísmo. Pretender que se mantenga el control despótico a los medios de prensa, imposibilitar el matrimonio gay, seguir penalizando el aborto en una sociedad extremadamente machista, pretender dirigir intelectual y propagandísticamente la cultura de un país –donde todos, hasta los que piensan diferente del régimen de turno, deben tener su espacio, porque la cultura es precisamente el debate de distintos puntos de vista y tradiciones– son apenas la punta de un iceberg que esconde más de lo que a simple vista se necesita en un próximo periodo presidencial.

Andan exacerbados y lo que hacen es seguir una escuela deplorable que, en mi memoria, arranca con Febres-Cordero, sigue con Abdalá y culmina en la cima retórica de Rafael Correa, buen discípulo exacerbado de los anteriores. Una escuela que se ha impuesto para desastre de todos.

Y quizá convenga empezar por la superficie, porque ella refleja el fondo. Mi escepticismo desde un comienzo con el correísmo fue por una cuestión de lenguaje. El tono, la adjetivación, las metáforas y la demagogia retórica de Correa eran, para mí, el peor indicio. Era cuestión de leer entre líneas entre tanta consigna políticamente correcta y de buen vivir, de beatería de corazones radiantes y demás demagogia verbal que da vergüenza ajena por tanta candidez (que no lo era, porque ha sido una candidez operativa de autoconvencimiento). Con buenos recursos, con el dinero que hubo por el petróleo, un gobierno con menos retórica y más eficiencia, podría haber hecho lo mismo y sin tanto desgaste. Ahora el trabajo de recomposición moral e institucional es complicado y largo. La eficacia administrativa que permitieron los recursos debería mantenerse en la medida de lo posible. Pero allí nunca hubo revolución: hubo eficacia con recursos disponibles. Ahora el problema es recomponer el tejido institucional: entidades de fiscalización, un congreso o asamblea realmente fiscalizador donde los interpelados no vayan a reírse de los asambleístas que los convocan, jueces que no bailen al son de esquivar los riesgos de autonomía y criterio.

Pero eso es ir al fondo. Volvamos a la superficie: al lenguaje y a los modales. Hay que recomponer las palabras, no inflarlas. Ya lo dije: reflejan el fondo, son indicios y son alertas. Eso enseña la literatura: a medir la temperatura de las palabras y detectar lo que no se ve a simple vista, que simplemente se declara y funciona como un rápido chantaje. De manera que conviene vigilar las palabras de los políticos. Andan exacerbados y lo que hacen es seguir una escuela deplorable que, en mi memoria, arranca con Febres-Cordero, sigue con Abdalá y culmina en la cima retórica de Rafael Correa, buen discípulo exacerbado de los anteriores. Una escuela que se ha impuesto para desastre de todos.

Me preocupa ver a políticos enfurecerse “correísticamente” en más de una entrevista. Más modales y palabras en esa línea, no por favor. Que no haya más de lo mismo. Porque si esas palabras vuelven, aunque cambien los rostros y los partidos, regresará toda esa retórica demagógica y simplificadora que tanto ha dividido, y la historia no habrá cambiado. (O)

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