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La misma ruta

Él caminaba por la misma calle por la que hemos transitado muchos a lo largo de cien años: la que nos lleva al Diario EL UNIVERSO. Esa es la ruta hacia nuestra casa, donde compartimos ilusiones, donde hicimos amigos, donde pudimos hermanarnos con algunos compañeros de fatiga.

Nosotros, los más viejos, lo veíamos, sin verlo. Formaba parte de aquella pléyade de muchachos que nos están tomando la posta y han asumido su tarea con el único soporte que se necesita para continuar andando por esa senda que nos lleva al Diario: la pasión.

Él caminaba con los ojos abiertos y los nervios templados, con ese tranco largo y vivaz que era el impuesto por su juventud ilusionada. A diferencia de quienes por allí deambulamos antes y que consideramos al periodismo un oficio aprendido a pulso en el taller de la redacción, él era de aquellos que se habían formado en la universidad, según las exigencias que imponen los vientos que soplan.

Por eso nos estaba tomando la posta, dejándonos atrás a quienes, en lugar de una mochila de colores vivos, cargamos sobre la espalda el fardo del escepticismo y hemos ido reemplazando la sonrisa por una mueca de desdén, mientras ensayamos los últimos trazos de una escritura que va tornando en ilegibles los símbolos que garrapateamos en una pequeña y arrugada libreta de papel.

A la tal libreta quizás él la consideraba un elemento arcaico para una profesión cada vez más vertiginosa. Él hacía sus apuntes en su celular, donde almacenaba nombres, contactos, direcciones, y que, a su vez, empleaba también para grabar entrevistas y para registrar las imágenes con que luego correría a ilustrar sus crónicas y reportajes. Un pequeño artilugio que servía de soporte para ese trabajo al que dedicaba su vida. Por eso es vano preguntarse la razón por la cual él lo protegió con tanto tesón, con tanto celo, con tan singular valor, cuando alguien pretendió arrebatárselo para ir luego a venderlo por ahí como un simple objeto de segunda mano al que habría previamente despojado el chip, que era como despojarle el alma. Un artero disparo al corazón selló esa lucha imposible.

Él tenía como única arma la quimérica búsqueda que le podía conducir a la verdad, mientras el otro empuñaba una pistola. La que se entabló fue una lid de la razón contra la fuerza. Por eso su muerte nos ha dolido tanto. Sentimos que nosotros perdimos. Otra vez, perdimos.

El pistoletazo no solo se llevó a un muchachón risueño, inteligente, culto, con ganas de hacer –de seguir haciendo– mucho, sino que resulta una alegoría para los tiempos que corren: el afán canalla por robarnos la palabra.

A tranco lento, cansino, apoyado en el bastón de mi memoria, recorro desde mi sillón la calle del asesinato. Me encuentro al paso con sombras espectrales que, como la de Robert Salazar, nos dejaron en ese mismo tránsito hacia el Diario su huella marcada con la tinta de la imprenta, impregnada con la furia por encontrar la verdad, con la rebeldía para no callar.

Y viejo, triste, desolado como estoy, me siento acompañado por esos fantasmas: son los que nos guían hacia la libertad. (O)

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