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Ecuador tiene talento

Guillermo L. –llamémoslo Guillermo L.– tiene talento innato: discreto, gestos delicados, sube al transporte público en la zona sur de Cuenca, ciudad que esa mañana despierta aletargada de un larguísimo feriado.

Guillermo L. es un afroecuatoriano de unos 24 años, delgado, hablar rasgado y lento. En la cesta que lleva colgada en el brazo derecho están en perfecto orden decenas de fundas con maní azucarado. “Espero que no me deje con la mano extendida, caballero…”, dice y muchos se alistan para ese ritual que cada vez es más común en el transporte público.

Antes de repetir por quinta vez que “una fundita cuesta cincuenta centavos y las dos un dólar”, Guillermo L. –por quinta vez– levanta simultáneamente el índice y la punta de la mano y pie derechos. De los cerca de cincuenta usuarios, solo uno le paga el dólar que exige Guillermo L. por el producto de su trabajo. Lo toma, se persigna y baja en la misma parada en la que sube Álvaro N.

Álvaro N. –llamémoslo Álvaro N.– carga en el hombro derecho un parlante portátil. Desde la puerta delantera sonríe a Guillermo L. que se lanza de la puerta trasera con un dólar en el bolsillo. Enciende el aparato que deja escapar un quejido de interferencia. “Solo les pido que apoyen al talento nacional con lo que ustedes quieran”, dice Álvaro N. como preludio a su tema de hip hop –¿era hip hop?– que habla de su madre, “porque madre es madre, y madre es una sola”. En cada estrofa da un paso hacia adelante y otro hacia atrás. El ritmo me recuerda a Tres notas, de José Martín Galarza Arce, Au-D. Álvaro N. no tiene mejor suerte. Recibe pocas monedas, pero igual las agradece y se baja.

¿Ecuador tiene talento?, me pregunto en silencio en el eco de mi conciencia. Tiene una crisis galopante, respondo. Dos paradas más adelante, junto al Cementerio General, se embarca Lenin M.

Lenin M. –llamémoslo Lenin M.– está un poco desesperado. Los ojos como pegados al cráneo por un área muy pequeña; el resto deja ver un par de iris muy dilatados y las escleróticas enrojecidas. “Me faltan solamente un dólar cuarenta centavos para la medicina que tomo todos los días”, dice angustiado. “Se quiere drogar”, dice mi prejuicio al mismo tiempo que quien ocupa el asiento delantero le da exactamente $ 1,40. “Eso es todo, gracias”, dice y sale en fuga por la misma puerta delantera del bus que está en marcha.

Paco M. –llamémoslo Paco M.– detiene la unidad, se levanta y toma un disco compacto que lo introduce en el equipo de sonido. “Jehová es mi gloria”, dice el estribillo y el conductor levanta el brazo derecho en señal de victoria. Aunque sonríe, los ojos de angustia en el retrovisor y el vacío de vértigo en el estómago son inocultables.

Una crisis que se muestra día a día en el transporte público con un puñado de talentosos y dignos ecuatorianos obligado al trabajo informal y considerado, desde las alturas del falso ego, como “muertosdehambre”.

Una crisis que no se resolverá con ofertas de campaña ni urnas.

Ecuador tiene talento y una crisis galopante. (O)

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