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Vamos con todos los muertos

Existen lugares a los que se debería ir solo, en secreto. A un cementerio viejo cubierto de musgo y hiedra, en un día de lluvia para escuchar el viento entre las tumbas. Llorar en silencio por todos los muertos que somos mientras las raíces de los árboles asoman como huesos entre el lodo blando. Internarnos en esa inabarcable y helada selva de urnas y a lo lejos descubrir que por las dos chimeneas del crematorio asciende lentamente el humo. Se van muriendo las hojas de los árboles en el otoño, también el año encarcelado entre las paredes del tiempo.

¿De cuántos muertos está hecha nuestra vida, cuántas voces, cuántos rostros, cuántos recuerdos? ¿De cuántos miedos está hecha nuestra vida? De la premonición de la pérdida de los seres amados, de la absoluta certeza de esa pérdida está hecha nuestra vida. “Mors certa, hora incerta” son las palabras que reciben al visitante en la ciudad de Leipzig, al despistado turista que mira el reloj del Ayuntamiento y se encuentra con esta sentencia tan macabra, tan cierta, tan triste. Como ese momento de la infancia en que se abre a nuestros pies el abismo: somos mortales, lo es mamá, lo son mi gato, mi perro y mi hámster. Pero la gran jugada, como dice el siempre brillante escritor ruso Mijaíl Bulgákov, no es que seamos mortales, no, es que los seres humanos somos mortales “de repente”.

Muertes épicas o absurdas, muertes dignas o indignas, muertes demasiado tempranas o demasiado tardías. Mueren jóvenes los elegidos de los dioses, decían los griegos. También mueren tarde las víctimas del exceso de tecnología médica. Mueren absurdamente los niños sirios durante un bombardeo, las mujeres violentadas, los hombres desprotegidos.

Morir de la manera más ridícula: en un festival acrobático por una bala perdida sin que haya nadie que intervenga y rescate, morir a consecuencia de una liposucción, morir atropellado por tu propio autobús cuando intentabas reparar una avería, morir atorado con una salchicha gigante en un parque de diversiones, morir en una biblioteca, rodeado por desconocidos, morir en la cama de una amante detenido por siempre el tiempo en ese acto ilícito que se apropiará de tu historia. Morir porque te caíste del caballo y tu cabeza, tan blanda, tan frágil, se estrelló contra esa piedra, morir porque tu carro chocó contra un tráiler en medio de la noche. Mueren los escritores y las adolescentes, las cantantes famosas y los plomeros, las madres y los abuelos, los campesinos y las abogadas.

Morir en casa, entre olores familiares y objetos poblados de historias. Morir de la mano de un ser querido. Morir en un hospital de superficies brillantes y estériles, entre enfermeras dedicadas o indiferentes. Morir arrasado por el rugido de un tren, con las piernas destrozadas, el rostro irreconocible. Morir con zapatos nuevos, con el pelo sucio, con las uñas recién pintadas, con el estómago lleno, con dolor, con alivio. Morir de repente o esperar la muerte que no termina de llegar pero te va carcomiendo, enamorada de ti, atormentándote. Morir en manos de los fanáticos cuya ideología defendiste, ahora sí nunca mejor dicho: a muerte. Morir “por la patria”, bajar a las entrañas de esa tierra eternamente indiferente a toda “patria”, envuelto en una bandera, para descomponerse juntos mientras esa misma “patria” asesina a tus nietos. Morir el día anterior a la liberación, en la víspera de la paz. Morir con los bolsillos llenos de piedras, al fondo de un río, porque así lo decidiste. Morir con la cabeza metida en el horno mientras tus hijos dormían, tu propia mano abriendo la llave del gas, tus poemas en un cajón. Morir porque te prendó ese tipo y no sabías que su enfermedad se prendería de ti.

Creamos la imagen de la muerte desde la fe o la ilusión. Desde el arte y la filosofía. Nos repetimos que somos una gota que volverá al mar, un alma inmortal que se reencarnará, un rayo de luz sin fin, un suspiro del tiempo, un fragmento.

Morir en prisión condenado a una sentencia injusta, morir joven durante el concierto de tu banda favorita, morir mientras vuelas en un avión con las maletas llenas de regalos para tus hijos. Morir cuando creías que conocerías el mundo y el amor, a orillas del mar, el sonido de las olas a lo lejos. Morir con los pulmones llenos de agua cuando habías reservado una suite en el hotel más lujoso de Nueva York. Morir intoxicado por la misma sustancia química a la que le arrancaste sus secretos durante años de devoto estudio. Morir sin libros tú que te pasaste la vida leyendo. Morir sin aire bajo la almohada sobre la cual soñaste tantos sueños. Morir en pijamas o desnudo, con un hueco en la media, con los ojos vendados.

Recordamos a los muertos que fueron y que somos. Imaginamos la muerte de la que ningún mortal ha regresado para revelarnos sus misterios. Creamos la imagen de la muerte desde la fe o la ilusión. Desde el arte y la filosofía. Nos repetimos que somos una gota que volverá al mar, un alma inmortal que se reencarnará, un rayo de luz sin fin, un suspiro del tiempo, un fragmento. Y eso nos alivia, nos permite vivir mientras vamos muriendo, vivir pensando en la muerte o ignorándola, celebrándola, ir por la vida acompañados por la imagen de nuestros muertos sonriendo en nuestra memoria con la eterna melancolía del recuerdo.

Honrar a los muertos en silencio. No solamente en lugares históricos diseñados para conmover, no solo en los abismos líquidos de las Torres Gemelas o en la desolación inconsolable de Auschwitz o Belzec. En las trincheras del Bosque Santuario. En catacumbas y cementerios, iglesias y templos, pirámides y ríos. Honrar a los muertos con cruces sobre el agua, con cenizas al viento, porque huirá “lo que era firme, y solamente, lo fugitivo permanece y dura” (Francisco de Quevedo). (O)

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