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La vida y la muerte

Les pregunté a unos amigos qué harían si les comunicaban que en dos horas morirían. La incertidumbre ganó sus rostros. Me juntaría con mi familia. No sé, me da mucho miedo… pediría que me den más tiempo… Si extiendo el plazo a dos años, las respuestas son más serenas. Pondría todos mis papeles en orden, viajaría, me dedicaría a estar con las personas que quiero, a disfrutar del cariño y la amistad. Es curioso, nadie dijo acumularía más dinero, que parece ser una actividad prioritaria para muchos…

Hace exactamente un mes falleció mi hermana gemela. Siempre disfruté el ser gemela, me dio mucha seguridad pues éramos como un espejo la una para la otra y compañeras de juego y complicidades afines. Era tema de discusión para ella y de certeza para mí sostener que de las dos yo era la mayor porque nací última… (!!!). Gladys me mostraba la partida de nacimiento y decía: “Aquí dice que yo nací primero…”. A pesar de las distancias, a los 20 años puse al océano Atlántico de por medio y luego a la cordillera de los Andes, mantuvimos una comunicación que con los años se hizo constante y complementaria. Divertida y crítica, a veces controversial, siempre enriquecedora. Ella vivió en Uruguay y yo tenía, según su decir, incorporado el realismo mágico ecuatoriano a mi manera de ser y sentir y ella conservaba toda la agudeza irónica de las expresiones y análisis sureños.

Cuando supo que la muerte era una realidad muy cercana, me escribió lo siguiente: “Estoy bien, no estoy dolorida, estoy con ánimo dispuesto. Si mi enfermedad se complica y entra en fase terminal, lo único que quiero es no sufrir. No aporta nada en verdad y personalmente no tengo espíritu ni físico de mártir.

“Morir nos morimos todos, ni uno queda fosilizado... lo que tampoco es vida. De manera que tengo la opción de elecciones particulares en lo que sin duda –cualquiera sea la evolución de la enfermedad– es el último trecho de mi peripecia vital terráquea.

“Pretendo ser independiente hasta que pueda. Me quedó grabado a fuego una afirmación de un santo al que le preguntaron: ¿Que haría usted si supiera que está próximo a morir? Lo mismo que estoy haciendo, contestó. Lo hago lo mejor que puedo  y eso es honrar a Dios, de manera que seguiría en lo que estoy... Yo ando en lo mismo.

“Como te imaginarás, he repasado mi vida y opciones mil veces. Tomaría en términos generales las mismas decisiones, algunas las cambiaría, me arriesgaría más... Pero eso ya está. No hay que llorar sobre la leche derramada, simplemente aprovechar la que queda, si queda. Mis hijas han hecho sus vidas, son independientes y aunque sus improntas personales son muy diferentes, son fuertes y saben lo que quieren. Estoy esperando los días soleados para ocuparme de plantas y flores. Pero eso debo esperar un poco todavía. Con los nietos he tratado de darles lo mejor que he podido, paseos, rezongos, gusto por el estudio... Como dicen los que saben transcurrir en paz, en eso estoy.

“No tengo ningún interés en morirme, sé que cada día es un pequeño regalo y así lo vivo. Tranquilamente”.

Gladys había hecho un testamento vital, y especificó que no quería ningún tratamiento invasivo que la mantuviera con una vida artificial. Los médicos respetaron esa voluntad. Es una bendición poder partir de esta vida con respeto a la muerte, sin miedo, y atravesar el umbral que abre a lo desconocido que se hace al fin conocido. (O)

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