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Vicepresidente a la carta

En un sistema presidencialista, hiperpresidencial dicen, decimos, escoger al vicepresidente puede tornarse una tarea pesada, difícil. El tremendismo puede invadir los corrillos de los partidos y las oficinas de los candidatos. El perfil de los presidenciables queda bañado de espectros, los de sus eventuales sucesores. Se combinan fórmulas políticas, institucionales, publicitarias. E intereses, aspiraciones, fantasías. Ordenemos un poco unas nociones, algunas situaciones. Para que nos ayuden a comprender más o, quizás, a desconocer menos. Pretenciosa figura. Necesidad política, sin embargo, para el momento.

La Vicepresidencia es una institución cuya función plena está diseñada para ser latente. Es decir, será una figura de atributos plenos, solamente de modo circunstancial. Ante la falta temporal o definitiva del presidente.

Cuando el reemplazo es temporal puede ejercer solamente una porción de atributos presidenciales. Conforme avanza la modernización, son menos las funciones que el presidente deja en manos del vicepresidente cuando se aleja del ejercicio, por ejemplo, un viaje. Por el desarrollo de las comunicaciones, un viaje presidencial deja de ser un alejamiento hacia otro mundo. La lejanía se acorta a un teléfono, a un teléfono satelital cuando más, o al internet. El vicepresidente queda refugiado, en sus funciones de reemplazo, a ciertas tareas protocolares que requieren de la presencia física de la figura. Pocas veces, que requieran de su legitimidad.

Cuando el reemplazo es definitivo –y esta situación ha sido contemplada en la Constitución– ejercerá la totalidad de funciones del presidente que, por muchas razones, ha dejado de serlo, sea muerte, destitución, inhabilidad permanente. Y la ejercerá por el tiempo que así disponga la norma, sea hasta fin de período o hasta elegir otro presidente. Este es un tema de fondo, el tamaño de la legitimidad del vicepresidente, por el período fijo de los sistemas presidenciales.

En nuestras últimas constituciones, el vicepresidente se elige junto con el presidente. Es decir, la legitimidad presidencial arrastra a la vicepresidencial. La papeleta es única. El votante no puede diferenciar a las dos candidaturas. Estas provienen de una sola decisión. No existe la posibilidad, por coherencia política, de un presidente de una corriente política distinta a la del vicepresidente, pero que provenga de otra “lista”, afiliado a otra candidatura. El legislador recogió la experiencia y decidió que debía evitar los conflictos entre las dos figuras, presidente y expectante de la presidencia. Conspirador a sueldo lo llamaba el caudillo Velasco.

Nuestra norma es que el vicepresidente venga casado a la legitimidad presidencial, aunque pueda provenir de otra corriente política o ideológica. Es decir, el candidato presidencial debe asumirlo, con beneficio de inventario, en su conquista de legitimidad y aceptación ciudadana. Forma parte de su decorado, con mayor o menor vistosidad y significado. El presidente dejará ver a la ciudadanía la funcionalidad que le otorga al vicepresidente. Y este, el vicepresidente, puede provenir de una función prevista por el partido, el caudillo u otros factores de poder. O, en su defecto, puede ser la expresión de una coalición política o de un diagnóstico fortalezas o debilidades, es decir, de una modalidad para construir a la representación.

Diferenciemos, ahora, a la política de la gestión. La función política del vicepresidente está ligada a la construcción de la legitimidad en el origen de la representación, es decir, en el acto electoral y la forma del mandato. La función de gestión del vicepresidente está asociada a la permanente construcción y deconstrucción de la legitimidad, más allá de la mayoría, en una forma de gestión deliberativa y eficiente. Novedosa. Es decir, su contribución a la ecuación de las legitimidades políticas varía sustancialmente. Y esta es la parte delicada de la designación de un candidato vicepresidencial realizada con seriedad y significado. Vamos para adelante.

La fracción político electoral de la institución vicepresidencial puede ser formulada, de modo rápido y torpe, como la forma de llenar las oquedades de la candidatura presidencial. Así, una modalidad es la complementariedad, sea esta profesional, origen territorial, género, representatividad. De este modo, el vicepresidente pasa de ser el mero decorado a una forma complementaria de coro, con mayor o menor participación en la pieza. Anuncia que, pese a la concentración “hiper” de funciones del presidente, existe una coalición política o social por detrás, una intención de desconcentración (descentralización no puede haber pues no ejercerá o no deberá ejercer funciones en una fracción del territorio) y una delegación que anuncia hacia donde puede ir la renovación de gestión.

En nuestro sistema institucional, el vicepresidente puede ser escogido de otra región diferente de la de origen del candidato presidencial, en cuyo caso se anuncia una representatividad territorial como sello de origen. No es extraño en un país con una votación regionalizada, característica, digamos normal, de sociedades diversas. Y por ello mismo, adquiere peso el tema de los orígenes territoriales de los candidatos. Tema de poco o ningún interés en algunos líderes populistas, que creen tener espaldas políticas tan poderosas, que no les interesaría esa forma de la cuestión territorial. Pues ellos lo son todo.

También es importante el género. No solo porque las mujeres, o los hombres en su caso, sean más o menos la mitad de la población. Sino porque en la política simbólica, en el discurso o en la construcción del relato político, cuenta el emisor y desde donde emite, y no solo lo que emite. La confianza y la credibilidad están también en el origen. Y su transmisión no puede confiarse a un solo actor. El género se torna más importante. Y el tema se complejiza, pues la decisión vicepresidencial puede tornarse una opción entre alternativas excluyentes.

La Vicepresidencia es una institución cuya función plena está diseñada para ser latente. Es decir, será una figura de atributos plenos, solamente de modo circunstancial. Ante la falta temporal o definitiva del presidente.

Son muchas las alternativas a analizar. Tomaré solamente una más. El diseño político de una campaña y la representatividad perseguida. En una forma positiva o en una forma negativa. Positiva, plantea cuáles son las falencias de representación. Y la fórmula vicepresidencial será cubierta buscando en sectores determinados, sociales, por ejemplo, sindicales o empresariales. Negativa, alquilando los servicios de guardianes de votos, territorios, mitos, estrategias de confrontación, servicios de transmisión y mensajería.

Todo pareciera ser posible en la conquista del diseño óptimo. El tema no es de ética pacata, como algunos tratan de establecer, sino de diseño. Que debe ser evaluado por la ciudadanía mandante. La que sí manda. No la que delega y se olvida. O le hacen olvidar con otros dulces. Más aún cuando el riesgo es que nos quieran hacer elegir a un presidente inocuo con un rey todopoderoso tras el sillón presidencial. Y un vicepresidente agazapado, a la expectativa de las debilidades presidenciales, con funciones de mensajero de decisiones que se imponen, de “corre, ve y dile”, de la peor política.

Para cerrar el análisis me falta la otra pata. La gestión. El presidente puede, en nuestra legislación, delegar un área de gestión. Más o menos importante. Del tamaño de un ministerio o de varios. De un tema transversal, coyuntural o estratégico. Antes fue, para nosotros, por fuerza de la ley, la planificación. Ahora esa área está abierta. El presidente puede delegar funciones significativas o expectantes. Recuerdo siempre que en Colombia, por ejemplo, los vicepresidentes cumplían una función tan expectante, no solo del poder actual, sino del futuro, que generalmente eran nombrados en embajadas importantes. Y, así, solapadamente, entraban de a poco en una larga contienda por la presidencia. Cualquier parecido es mera coincidencia. Pues, como sabemos, somos la más original de todas las experiencias planetarias.

Queda, la función vicepresidencial para otra. Para cuando haya ganador. No gabinetes de sombra, que tan buena función cumplen en el silencio y tanto daño hacen en la publicidad.(O)

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