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Amor en tiempos de política

¿Cuando las personas están de lleno en la política tienen espacio para el amor? ¿El amor de pareja, de familia, de amigos? La pregunta surgió en una reunión de amigas y me dejó pensando. ¿Se puede estar enamorado, con el enamoramiento primero, ese que da alas, que da valor y ganas para enfrentar los desafíos cotidianos, que admira al otro, que se hace un espacio para encontrarse con los que ama, que canta y danza por dentro, o la política excluye, pone un paréntesis en el amor entre seres humanos concretos? ¿Hay que esperar a que acaben las campañas para que el amor encuentre su espacio y florezca? ¿Y después?

Los políticos en campaña parecen tan fríos, tan duros, tan llenos de estadísticas y de celulares sonando todo el día, malhumorados y pendientes de lo que los otros dicen de ellos o de ellas, tan ocupados en contar cuántas personas hay en una reunión, quiénes son y quiénes faltan, que el espacio para encontrarse con otros diferentes y amarlos y deslumbrarse por lo que son se difumina en el trajín de leer reportes y encuestas.

Sobre todo el amor cuando es maduro no espera nada a cambio, los políticos en época de elecciones parecen estar siempre esperando el voto, las manifestaciones, la pleitesía. No necesita reconocimientos. El político, en cambio, lo busca. El amor no calcula, el político vive calculando los votos posibles.

Grandes políticos, como Gandhi y Mandela, tuvieron muchos problemas con sus familias y sus parejas. ¿Será que la política demanda una entrega casi exclusiva que hay que sacrificar los afectos que demandan cuidados, presencia y que también requieren una buena dosis de exclusividad?

Hay políticos que “enamoran” a su audiencia, cuentan historias, proyectan cercanía, presentan a sus familias, se muestran sonrientes, parecen salidos de una campaña comercial.

Cuando los políticos están poseídos por un sueño, por un amor posible, son capaces de movilizar y poner de pie al pueblo. Quién más político y poseído por un amor que lo trascendía que Martin Luther King cuando decía, delante de 250 mil personas: “Tengo un sueño”, sueño que los niños negros y las niñas negras junto con los niños blancos y las niñas blancas se traten como hermanos y se sepan hermanos.

Sueño que movilizó al pueblo negro, apoyado por muchos blancos que comprendieron la injusticia, en una huelga de más de un año que les permitió ser tratados como iguales en los autobuses y posteriormente en la sociedad. Sueño que llevaba en germen la asunción como presidente de un hombre negro que representara a toda la sociedad y fuera el presidente de todos. Eso demandó sacrificios. No fue un regalo, supuso madrugadas y caminatas extenuantes para movilizarse a sus trabajos y lograr lo que querían. Pero estaban dispuestos a ello porque descubrieron algo más importante que su comodidad y su pasividad. Descubrieron el sentido de su vida personal y colectiva. Descubrieron la posibilidad de vivir de otra manera, de romper con un sistema de injusticia y de relaciones degradantes.

La respuesta a la pregunta inicial quedó en el aire y parecía esbozar una tímida respuesta: solo si comparten sueños el amor podrá florecer entre quienes quieren darse el permiso y el tiempo para enamorarse de políticos, sabiendo que el camino posterior no será fácil y que la ausencia puede ser dura en algunas etapas. La tierna rutina del amor hay que cuidarla. (O)

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