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Los portales del centro de Guayaquil son una de las características más notables de las virtudes de sus habitantes: su hospitalidad, su valentía. Nos permiten esperar que pase la lluvia, guarecernos del llameante sol; nos alivian el calor, permiten que la gente pueda detenerse y conversar. También están llenos de vendedores, en el siglo pasado, alojaban a los caramancheleros. Algunos están sucios y son dormitorio de personas sin techo. Todavía entrada la mañana suelo ver a uno que otro dormido sobre cartones o papel. Cuando la ciudad se extendió por los distintos puntos cardinales, no los construyeron más: la autoridad los exigió y se impuso la codicia de los empresarios sobre cualquier otra consideración benévola. El Seguro Social construyó varias urbanizaciones para sus afiliados. Yo viví en dos de ellas y agradezco. Pero en el barrio Orellana no había portales. Tampoco en el barrio del Seguro, al sur, ni en la ciudadela Bolivariana. Con el crecimiento de la urbe, vinieron los invasores de tierras y se rompió toda medida regulatoria.

Escribo lo anterior con nostalgia porque caminé mucho por la ciudad, pues mis primeros trabajos fueron como cobrador. Pude disfrutar de la sombra de los portales. Si planteara que ahora se exijan los portales, sería una locura. Pero sí puedo sugerir otra medida: sembrar más árboles. El árbol es un ser que aloja la vida en sus ramas, es el hogar de los pájaros, de los insectos que los alimentan; sus follajes dan sombra, purifican el aire, llaman la lluvia. No son solo bellos de contemplar sino que también mejoran la calidad de la vida. Para el caminante es grato detener un poco el andar y ampararse en la sombra de un árbol. Hay extensas zonas de la ciudad que son implacables cuando el sol hiere: puro cemento o tierra. No hay dónde guarecerse de la lluvia. Vivo en una urbanización cerrada. Camino durante las mañanas, pero debo hacerlo por la media calle porque no hay aceras, ni árboles que den sombra. Veo a las empleadas que van a sus trabajos agobiadas por el sol, el calor o la lluvia en el invierno.

Las autoridades municipales del Gran Guayaquil deberían alentar a los propietarios para que siembren y mantengan un árbol de alguna especie endémica en las aceras de sus casas, cada diez metros de fachada. Volveríamos a ser una de las ciudades más arboladas del mundo, como lo fuimos hace algunas décadas.

Después de esta nota positiva debo escribir otra de rechazo por la presencia del presidente Maduro en nuestro país y expresar mi protesta por la tiranía que ejerce en Venezuela. Nuestra política exterior es lamentable, el Congreso condecora a una señora investigada en su país, no será porque es irreprochable. Mantiene asilado a un sospechoso de abuso sexual en la Embajada en Londres, para dizque protegerlo de la pena de muerte, pero devolvió a su país a 150 cubanos que buscaban una mejor vida huyendo como migrantes. Nadie sabe cómo los ha tratado el Gobierno de Cuba. Hay un silencio cómplice. Tengo la certeza de que no los condecorarán. (O)

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