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Flotando en el viento

“¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de poder llamarse un hombre?”. Contrariando sus hábitos, la Real Academia Sueca concedió el Nobel de Literatura 2016 a un hombre del que casi todo el planeta ha oído hablar, cuyos versos más conocidos han escuchado millones de personas que no hablan inglés, y cuya voz harto ordinaria suena todos los días en las radios de todo el mundo desde hace medio siglo. A la gente igualmente ordinaria, a la que él dirige sus canciones, poco le importa si Bob Dylan merece el premio o si el Nobel se devalúa con esta decisión. Esa es una discusión para académicos, para aquellos que conceden premios con su erudición y con su inconsciente, aunque nunca se hayan percatado de que este último interviene en sus fallos. A los ecuatorianos debería importarnos menos ese debate: ¿qué valor tienen los premios y las condecoraciones después de la edición más reciente del Manuela Sáenz?

A Bob Dylan tampoco le interesan los galardones, las etiquetas y los encasillamientos. Así, Blowin’ in the wind, su creación más conocida, ha escapado del membrete sesentero de “canción protesta” para eternizarse como interrogación permanente de los seres hablantes sobre el ser, el deseo, la sexuación, la existencia y la identidad elusiva. Interrogación sin respuesta que no se aborda por la vía del conocimiento y la información, y que se sostiene para producir un saber en perpetua producción. Un saber sobre la condición algo más verdadera de cada uno, que no puede suplantarse con erudición y datos. Porque en este país no demanda mucha inteligencia aprenderse todas las respuestas, para recitarlas en la televisión nacional haciendo la voz o el gesto del niño más aplicado del grado. Lo jodido es inventar preguntas sin respuesta. Entre la minúscula alternativa de “premios” versus “críticas” en la que vivimos los ecuatorianos en nuestra vida social y política, Dylan introduce la interrogación como una terceridad que rompe con esa dicotomía simplona y paranoide. La respuesta está flotando en el viento, en el hálito vital que nos recorre, y hay que producirla en cada uno. Para poder llamarse un hombre o una mujer.

Le dieron el Nobel a un poeta de lo ordinario, porque es allí donde la poesía acecha para asaltar el camino del diario existir y subvertirlo. Una subversión que produce nuevos caminos e inventa “subversivos” sentidos, pasando por el aparente sinsentido del ¿cuándo consideramos que un hombre o una mujer lo son? ¿En el acto sexual? Le dieron el Nobel a un cantante de la radio, para que escuchemos la filosofía escondida en ese devaluado lugar de enunciación. Le dieron el Nobel a un artista que yo he oído y del que yo he oído desde que era un adolescente, y no a un exquisito prosista o poeta que solamente los entendidos conocen, y que se venderá en nuestras librerías por un par de meses hasta que nos pase la novelería. En la vía de Dylan, tendrían que haber laureado a los Brel, Brassens, de Moraes y otros. En esa misma vía, quizás algún día le den el Nobel a Serrat o a Chico Buarque, antes de que mueran ellos… o yo. (O)

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