Recuerdos de calles y su gente

Lunes, 17 de Julio, 2017 - 00h07
17 Jul 2017

Del Guayaquil posmoderno que viví, de ese entorno lento, de profundas divisiones sociales pero donde se convivía en paz, trabajaba al 70%, pero se ganaba al 500%, donde las cosas en general eran fáciles y sobreabundaban, donde se tomaba con calma todo y se hacía siesta, donde el verbo respetar todavía se conjugaba y cada quien guardaba su puesto; de ese Guayaquil de carne y hueso, sencillo y sin mayor aspiración, es del que me gusta hablar porque fue el de mi niñez; Guayaquil de Tony Landa, Solera, Sabú, Furia, Joan Manuel Serrat, Tony Ronald, Cat Stevens, Carly Simon y Bread que aún sobreviven en ciertas radios.

La vida de Guayaquil se circunscribía al centro, hasta el boom bancario que terminó en crash financiero a comienzos de este siglo (con la explosión de Samborondón como destino urbanístico). Lo que se conocía como el centro (desde la ría hasta Tungurahua y desde Gómez Rendón hasta el cerro Santa Ana) hoy se ha expandido, sobre todo hacia el sur llegando hasta El Oro. Lo que era el sur hoy es el centro-sur. En tiempos no lejanos el centro se dividía en varios subsectores, por ejemplo, el bancario desde la calle Baquerizo Moreno hasta Malecón y desde la avenida 9 de Octubre hasta Junín; era el sector más representativo del centro con los mejores edificios, la gente mejor vestida... Más al noroeste desde Junín hasta el cerro del Carmen era residencial. Yo viví hasta los 14 años en Padre Solano entre Riobamba y Rumichaca, en la cara sur. Diagonal a mi casa estaban las casas colectivas del Seguro Social de la calle Alejo Lascano, habitadas por algunas personas respetabilísimas. Estudiaba en el colegio San José La Salle; en la zona había una familia gentil de la Sierra, cocinaba la mejor fritada, hacía unas tripas riquísimas, “guaguamama” o algo así, le agregaban mote, chicharrón, pedazos de maduro frito y de cuero de chancho, papas hornadas, que nos daban en servilletas de papel de despacho; vendía además helados caseros de mora, frutilla, guayaba y de Pepsi Cola (buenísimo) y las típicas colas heladas Fioravanti, Punch, Coca Cola, Barrilitos Okey de naranja y Old Colony de uva. En la esquina opuesta hacia el oeste estaba don Armando, quien fue un tendero de lo más educado y formal, vendía a las 06:30 el pan de dulce más sabroso, le untaba mantequilla de hacienda; ese sabor especial está bien grabado en mi memoria gustativa. En aquel entonces se compraba leche de hacienda que la vendían de casa en casa en grandes recipientes de metal, y había una empresa que entregaba leche a domicilio en botellas de vidrio. Por mi casa, al este había una tiendita, vendía cigarrillos Kool, mi tía Eugenia me mandaba todas las noches a comprarlos. A la vuelta de mi casa, en la calle Luis Urdaneta, el panorama era más mezclado y surrealista, ahí vivía gente superaniñada junto a migrantes del campo y recién llegados de la serranía. En Guayaquil se podía caminar tranquilo porque tenías todas las probabilidades de que no te pasaría nada, excepto que salieras a buscar problemas o a presumir en lugares equivocados. Cuando me preguntan qué extraño de esos tiempos, la primera respuesta que se me viene a la mente es el respeto, virtud casi olvidada hoy.(O)

Carlos Jurado Peralta,
Economista, Guayaquil

Recuerdos de calles y su gente
Cartas al Director
2017-07-17T00:07:03-05:00
Del Guayaquil posmoderno que viví, de ese entorno lento, de profundas divisiones sociales pero donde se convivía en paz, trabajaba al 70%, pero se ganaba al 500%, donde las cosas en general eran fáciles y sobreabundaban, donde se tomaba con calma todo y se hacía siesta, donde el verbo respetar todavía se conjugaba y cada quien guardaba su puesto.
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