En los barrios y calles de Guayaquil se vivió un eufórico clásico del Astillero

La amistad sobrepasó a la rivalidad de hinchadas en el Cristo del Consuelo. La algarabía de emelecistas y barcelonistas se mezcló en los exteriores de la casa de Maritza León, hincha azul, quien ayer sacó su televisor plasma en O’Connor y Carchi, en el suburbio de Guayaquil, para seguir el Clásico del Astillero. Unas 20 personas compartían bromas entre sí.

La euforia se sintió en diferentes rincones de la ciudad, antes y durante el cotejo, en el que los eléctricos se impusieron 2 a 1 frente a los canarios.

Antes del partido, Pedro García conversaba y bromeaba con varios amigos en Sauces 2, en el norte. “Soñé que el Monumental era un cementerio, porque Emelec les dañaba la fiesta. Los barcelonistas salían calladitos”, contó García. Marlon Brandón, uno de sus amigos amarillos del grupo, se rio a carcajadas.

“¡Por Barcelona mañana no vamos a trabajar!”, gritaba uno de los clientes de Kari Narváez, propietario de una tienda de víveres del barrio Cuba, en el sur de Guayaquil.

Como custodiando el local estaba un monigote del goleador torero Jonatan Álvez. Narváez cerró su negocio temprano para ir a ver a su equipo al Monumental.

“Ahorita ni he almorzado por la expectativa de que empiece el partido. Esto es una alegría grande”, dijo Narváez.

En la calle José Estrada Coello y Domingo Comín, en el ingreso al barrio Cuba, Lenín Saltos, con una bebida en la mano izquierda y con una bandera gigante amarilla, aseguró que en este lugar el 90% de los habitantes eran fanáticos toreros.

Los restaurantes amanecieron con banderas en sus fachadas, como creando un ambiente propicio para festejar. Era un clásico diferente. En la Bahía, en el centro, las camisetas alusivas a Barcelona tuvieron gran demanda.

El local de Carlos Morán, sobre la calle Ayacucho y Eloy Alfaro, estaba adornado con una gran estrella con el número 15. Él había vendido quince docenas de camisetas y aún tenía unas diez en stock.

Oswaldo Guillén se acercó a este negocio para comprar una prenda del equipo de sus amores para su nieta de 3 años, Valentina. Comentó que tenía previsto ver el partido en su casa, tomarse “unas heladitas” y servirse una comida para celebrar el campeonato canario.

“Yo soy de San José de Chimbo. Llegué a Guayaquil en 1970 y desde ese tiempo soy barcelonista”, comentó.

En el norte de la urbe porteña, restaurantes adornaron sus portales con banderas toreras y eléctricas. Los comensales vestían “la amarilla”, como le dicen los hinchas de Barcelona a la casaquilla canaria.

El ambiente de camaradería era parte de la fiesta, como en la peluquería de don Luis Damián, en Portete y la Séptima. Contó que en este negocio es tradición ver con la familia y los amigos los partidos de los canarios y que para celebrar preparan una comida.

“Aquí hacemos la vaca (recoger dinero) y uno de los amigos (Francisco Moreira), que es chef, prepara el asado”, indicó el riobambeño de 68 años.

Antes del mediodía, en las calles se veían carros con hinchas azules y amarillos que se dirigían eufóricos al estadio, pitando las bocinas y flameando banderas de sus equipos predilectos.

Al final, la fiesta se tiñó de azul y el festejo anticipado que preparaban los barcelonistas, quedó aplazado. (I)

 

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