Epitafios curiosos de unos personajes

Escribo, por nuestros queridos difuntos. Cuando concurrimos al cementerio, lloramos a veces, Jesucristo hinchó de lágrimas sus ojos divinos y lloró, viendo llorar a las dos hermanas de Lázaro, muerto; y llevamos siempre flores, pues son el sol de los muertos. Montalvo dijo que no concebía un cadáver sin flores, razón por la cual las mandó a comprar, con lo que le quedaba de dinero, antes de morir.

Algunos deudos son amantes de los epitafios; otros, no. Hay en el cementerio patrimonial de Guayaquil inscripciones curiosas, como esta que consta en una plaquita de bronce sobre el mármol: “Los que cumplieron su deber con él, saben quién yace aquí, los demás no importan” (no hay nombres ni apellidos). La poesía engalana tumbas de ciertos personajes, el epitafio del expresidente Carlos Arroyo del Río dice: “En la dulce quietud del camposanto solo brillan las tumbas y las flores, no hay en él ni una lumbre ni un encanto, pero han dejado la pasión y el llanto su perfume de lágrimas y amores”. Para la tumba de Aurora Estrada, se tomó una poesía suya: “Avatar, pienso que el árbol siento, que la piedra medita, y al tomar una rosa, en lo que guardará; y que en los ecos vagos, algo extraño se agita. ¿Nunca has pensado hermano lo que allí dormía?”. Consta en la morada eterna de Olmedo, el cantor de Junín: “Amó cuanto era amable. Amó cuanto era bello”.

A los tripulantes del cañonero Calderón que combatieron en el canal de Jambelí el 25 de julio de 1941, justicieramente les han dedicado: “Amor de patria comprende cuanto el hombre debe amar: su Dios, sus leyes, su hogar y el honor que los defiende” (Olmedo). En la tumba de Adolfo H. Simmonds solo hay la imagen de una pluma antigua, símbolo de su irónico y combativo periodismo. Fray Vicente Solano escribió su epitafio al sentir que iba a morir: “Aquí yace fray Vicente Solano del Orden de los Menores, que vivió, pensó y escribió bastante: ¡Ojalá bien! Y convertido hoy en polvo, a los pasajeros pide perdón y no alabanza”. El cadáver fue trasladado del cementerio de Cuenca a la Catedral y DFahora está en un nicho en el que no consta el epitafio... Y usted amigo lector, ¿escribiría su epitafio? (O)

César Augusto Burgos Flor, licenciado en Comunicación, Guayaquil

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