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Colada morada y flores se ofertan en más sitios en Guayaquil

La venta variada de la tradicional colada morada y de flores, así como las visitas a los camposantos marcan en la ciudad el inicio del feriado de cinco días con motivo de la conmemoración del Día de los Difuntos y la celebración de la independencia de Cuenca.

En mercados, locales o puestos improvisados, la colada morada se comercializa en la ciudad. Las recetas son en su mayoría, dicen, heredadas de madres, abuelas o suegras. Para algunos vendedores, la venta de esta bebida típica les permite equilibrar su economía.

Desde hace cuatro años, Teresa Mariscal, junto con sus hijos Julio y Martha, prepara la bebida en Calicuchima y Guaranda. El vaso cuesta $ 2 y la tarrina $ 3. Las guaguas a $ 1 y las empanadas a $ 0,50.

Desde el sábado pasado, César Ponce vende en la esquina de Guaranda y Letamendi la colada de Linda, su suegra. El vaso pequeño a $ 1,50, la tarrina de medio litro a $ 2 y la tarrina de un litro a $ 3.

Luis Monte, en el portal de su casa esquinera en Francisco de Marcos y Pío Montúfar, también expende la colada a $ 1,50 el vaso grande y $ 3 la tarrina.

En el Mercado Central hay varios puestos que ofrecen esta bebida, como el de María Guartazaca a $ 0,50 el vaso pequeño, a $ 1,50 el vaso grande, $ 3 la tarrina y las guaguas a $0,50. Ella elabora la bebida junto con su hija Cecilia.

Flores para difuntos

En tanto, en los exteriores del Cementerio Patrimonial de Guayaquil y en el Mercado de Flores, en Julián Coronel y la av. Machala, había expectativa por las ventas que se espera sean mejores que el año anterior.

María Chimbo, quien vende ramos de $ 1, $ 2 y $ 3 en la puerta 13, comentó que hasta ahora solo había despachado 20 arreglos. Isabel Montalván, otra vendedora de flores, coincidió en que la afluencia de clientes aún ha sido baja.

Por la puerta 1 de este camposanto de la Junta de Beneficencia de Guayaquil avanzaba a paso firme Cristóbal Morán, de 77 años, quien se dirigía a la tumba de su mamá después de visitar la de su padre.

Él prefirió adelantarse para evitar las aglomeraciones de mañana. “Es importante recordar a los seres queridos (...). Nos educaron, nos criaron, nos aconsejaron. Uno no debe de ser ingrato”, dijo Morán antes de seguir hasta la puerta 10.

Ayer, entre la vegetación que aún crece en el cerro contiguo al cementerio, se veía a Luis Vilcahuano arreglar la tumba de su hermano. Hace 50 años ejerce el oficio de pintor de tumbas. En esa ladera había otras personas retirando el exceso de ramas. Mientras, en el área de bóvedas, se usaban escaleras, brochas y trapos viejos para quitar toda suciedad en vísperas del Día de Difuntos. (I)

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