Los niños también levantan sus nuevas casas tras el terremoto

Santiago Molina
Viernes, 22 de Abril, 2016 - 21h07
22 Abr 2016

¡Soy un constructor y voy a hacer mi nueva casa con esta varilla! A sus seis años, Bryan lo anuncia con tal seguridad, que ni bien lo termina de decir ya está en la obra. Con un pequeño martillo apenas logra dejar un minúsculo rasguño en una de las tantas columnas retorcidas que yacen tiradas en medio de los escombros, en un canchón convertido en botadero, en el barrio Divino Niño, al norte de Pedernales (Manabí).

Las viviendas de este barrio periférico -de calles de tierra y un calor que bordea los 30° centígrados- fueron levantadas algún día con bloques, madera y caña, de un solo piso. En algunos casos estuvieron hechas solo de uno de estos materiales y en otras, fueron de construcción mixta. Quienes tuvieron más suerte, unos pocos, las hicieron con cemento armado y hasta tuvieron un segundo piso. La mayoría tienen que ser derrumbadas o ya se desplomaron por el terremoto del pasado 16 de abril.

De pronto, a Bryan le responde su hermano mayor, Celso, quien ya cumplió 10 años. ¡Yo soy más fuerte que tú. Me voy a hacer un Transformers y verás que acabo con todo!

Al tiempo que se sube la mascarilla con el que cubre su redondo y cobrizo rostro, Celso intenta romper con la parte posterior de un hacha el concreto que queda en la misma columna que su hermano menor trata de recuperar.

Los dos niños se saben constructores, más albañiles que arquitectos. Su objetivo: construir su nueva casa, pues la que tenían, simplemente, ya no existe.

Junto a ellos, desde la parte alta de otra montaña de escombros, el padre de los dos jóvenes constructores, los mira con atención. Este hombre también se llama Celso y bordea los 40 años. Se pone en cuclillas y con sus manos cubre su rostro mientras observa a sus dos pequeños.

Le alegra que sus hijos jueguen, a pesar del pánico que vivieron cuando el fuerte sismo que azotó la ciudad hizo que les cayera encima una de las paredes de caña de su casa.

Han pasado cinco días desde el terremoto y Bryan y Celso no se cansan de construir su nueva casa sin siquiera hacer una marca con el hacha y el martillo. Los impulsa una persistencia que los adultos, muchos abandonados en la desolación, están lejos de entender.

Más allá de este botadero de escombros, otros niños de pantaloneta y bividí han madrugado para jugar. Corretean de un lado a otro, más que ayudar a sus padres en la recolección de metal para luego venderlo, se la pasan imaginando batallas, competencias, amigos.

Al volver mi atención sobre Bryan me lo encuentro en una pose de experto: su pie izquierdo alzado trataba de detener a una casi despedazada columna de unos cuatro metros para poderla golpear y así, de a poquito, obtener su tan ansiada varilla. Tuvo un poco de problemas: con cada martillada su zapatilla plástica de color negro se le salía y la pantaloneta a cuadros se le bajaba... Problemas menores para un niño que se daba modos para volver en su empeño.

En varias explanadas del barrio Divino Niño, decenas de volquetas dejan los escombros que están retirando de las viviendas que colapsaron luego del terremoto. Datos preliminares hablan de que el 80% de las viviendas del cantón posee daños graves en sus estructuras, por lo que tendrán que ser derribadas.

El juego termina cuando Celso hijo siente que la tierra tiembla algo y corre desesperado donde su padre. Se abraza a una de sus piernas y cierra los ojos. Las polvorientas y viejas zapatillas Venus en las que entraba apenas la punta de su pie no son impedimento para alcanzar el refugio en los brazos de su tocayo, quien le pasa la mano por su melena negra, cargada de churos, y le dice “tranquilo hijo, no es nada, no te asustes”.

El día del terremoto al pequeño Celso le cayó un trozo de madera en la cabeza. Tiene un golpe, pero no fue mayor el daño físico. Sin embargo, lleva cuatro días con unas pesadillas que lo despiertan. Se asusta y llora todas las noches.

Bryan se le acerca con recelo y lo toma de la mano.

Mejor vamos a seguir jugando a los albañiles. Construyamos la casa nueva para nosotros y nuestros papás. ¡Anda, vamos, no pasa nada!

Como asegurándose de que el piso no se movía, Celso vuelve de a poco a seguir golpeando la columna de cemento con el hacha. A los pocos minutos, ambos niños están riéndose a carcajadas en medio de su obra.

El carro que regala las cosas

Dos días antes, a varios kilómetros al norte de Pedernales, en el barrio Norte Unido de San José de Chamanga (Esmeraldas), tres niñas gritan a los adultos que están sentados bajo un plástico estirado que "el carro que regala cosas" había llegado.

El intenso sol en pleno cenit daba cuenta de que la mañana terminaba y empezaba otra dura tarde para quienes lo perdieron todo.

Las niñas, con unas sandalias como las de los enfermeros, corren por el camino de tierra, a la cabeza de un grupo de más de doce personas.

Presurosas toman la curva que las lleva a la calle principal. Al virar, a dos de ellas, Nathalie y Joselin, las para en seco una tina abandonada con juguetes. La había dejado al lado de los restos de madera y cemento de una de las 180 casas que se vinieron al piso en la parroquia luego del terremoto.

Los ojos de ambas pequeñas se abren de emoción y su pícara sonrisa solo era comparable con la felicidad del primer regalo de la Navidad.

Un poco más atrás venía Jazmín. Ella se había quedado jugando con Rocky, un chancho medio rosado que anda embadurnado de lodo por todo el pueblo. Nadie había visto antes a este cerdito que desde hace dos días anda como si fuera un perro libre por las calles, amo y señor de los desperdicios que hay por todo lado.

Las tres niñas rodean a la tina y encuentran utensillos de cocina y cosas rotas. Más de 32 grados de temperatura a esas horas marcaba cualquier termómetro, pero el rostro de las niñas no daba señal de una sola gota de cansancio. Su alegría iba de la mano con sus blusas rosadas y blancas, y sus pantalones pescadores a cuadros.

Pese a que ellas dieron la voz de alerta de la llegada de la camioneta que entrega el agua y alimentos y corrieron a ver qué novedades traía, su repentino hallazgo las obliga a quedarse en medios de los juguetes. Solo los adultos corren tras el vehículo.

Nathalie y Joselin pelean por una especie de guitarra, Jazmín las observa con las manos en la cintura, mostrando su impaciencia para escoger un juguete. Le queda una pelota desinflada y un carro sin llantas traseras.

Aunque el premio a la espera no parece tan grande, para Jazmín tener algo con que jugar parece suficiente aliento para estar ahí parada escuchando pelear a sus primas hasta por la golosina que no compartieron ayer.

Quince minutos después, las tres tocan por turnos el instrumento de cuerdas y juegan con el pequeño carro.

De la nada, los gritos de unos chicos inundan el ambiente y llaman la atención de Joselin. Cuando las niñas regresan a ver miran a otro grupo de niños y niñas que corren para otro lado gritando que ahora van a jugar a las escondidas. Los adultos retan (repreden) a los niños por querer jugar entre los escombros de una casa a la que le faltan paredes y que tiene el techo a punto de caer. Nathalie, Jazmín y Joselin vuelven a poner los juguetes en la tina y corren a jugar a las escondidas. (I)

Los niños también levantan sus nuevas casas tras el terremoto
Ecuador
2016-04-22T23:33:16-05:00
[VIDEO] Han pasado cinco días desde el terremoto y dos pequeños no se cansan de construir su nueva casa sin siquiera hacer una marca con el hacha y el martillo. Los impulsa una persistencia que los adultos, muchos abandonados en la desolación, están lejos de entender.
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