El 36% de los guayaquileños se prepara para la muerte

Hay quienes miran a la muerte como un descanso eterno, como la separación del cuerpo y el espíritu, como un viaje al cielo, al infierno o al purgatorio, o simplemente piensan en ella como un “hasta luego”.

De 384 guayaquileños encuestados por la casa investigadora Amanta, hay muchos que ven a la muerte como parte del ser humano (16%), como el fin (16%) o como el inicio de una nueva vida (16%).

Pero la mayoría prefiere no saber nada de ella. Ni hablar ni que le hablen, menos aún prepararse para una partida.

La muerte, “la huesuda” o “la pelona”, como algunos la conocen, les toma desprevenidos a los guayaquileños. Según la encuesta, solo el 36% deja organizado su fallecimiento tanto en lo material, comprando un lote en el cementerio, dejando sus cuentas en orden, comprando un seguro de vida o escribiendo un testamento; como en lo espiritual, obrando bien, acercándose a Dios, fortaleciendo el alma y preparando a la familia.

De los que sí se preparan, la mayoría son mujeres, de entre 46 y 55 años. Le siguen los hombres de entre 56 y 65 años.

María Eugenia Ramírez, por ejemplo, se convenció de que debía prepararse para la muerte cuando se quedó viuda. “Ahí me di cuenta de que la vida no la tengo comprada, mis hijas estaban chicas y si algo me pasaba no quería que ellas queden desamparadas”, dice esta pensionista del IESS al recordar que hace más de 15 años decidió comprar un seguro de vida.

“Pensé que si ya mis hijas no me tenían físicamente, por lo menos iban a tener un sustento económico”, comenta.

Según el sondeo, apenas el 2% de los que planifican su deceso adquiere un seguro de vida.

El 64% de los 384 guayaquileños consultados dijeron a la encuestadora que no están listos para la muerte en lo material, tampoco en lo espiritual.

“La gente dice no me quiero morir, ni se acerque, no quiero saber nada de la muerte”, indica Miriam Ramírez, asesora de ventas de servicios exequiales de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, y recalca: “Es algo inevitable, hay que estar preparado. No podemos aferrarnos a la vida, porque en cualquier momento tenemos que partir. Solo sabemos cuándo nacemos, pero no cuándo moriremos”.

Junto a otros dos asesores ella se ubica en la puerta 2 del Cementerio General y entrega folletos informativos sobre los costos y servicios de velación, bóvedas o nichos y trámites.

“La muerte es un encuentro que se dará algún día, pero mientras más lejos mejor; el guayaquileño es alguien a quien le gusta vivir”, reflexiona el historiador Rodolfo Pérez Pimentel mientras firma documentos en su notaría decimosexta, donde se registra, con suerte, un testamento cada trimestre.

Más que dejar testamento, dice Pérez Pimentel, en las últimas décadas se prefiere repartir los bienes en vida. “Actualmente la gente vive mucho, antes morían a los 40 o 50 años y los hijos quedaban jovencitos. Ahora no, entonces las personas no esperan que se muera a los 80 o 90 años para repartir los bienes”, dice el notario.

La muerte, ese acto tan personal e intransferible, asusta a más de un guayaquileño. Mucho más si se piensa que podría llegarle a un ser querido, hijos, padres, hermanos, esposos.

“Pasa el tiempo, pasan los años, pero uno nunca lo supera”, dice California Páez entre lágrimas y sentada en el suelo frente a la tumba de su hijo, Vladimir Miranda, fallecido el 30 de octubre del 2007, a los 18 años.

Ella le decía “mi loco” y andaba con él a todas partes. “Siempre tuve en mente que podía perder a mis padres, pero nunca a un hijo”, cuenta y explica que la bóveda donde descansa su hijo, en Jardines de Esperanza, era de su tío.

Ignacio Suárez, de 77 años, tampoco ha podido superar la muerte de su esposa, María Chóez, quien murió de diabetes a los 66 años exactos, el 5 de septiembre del 2010.

“Cada semana vengo y me quedo dos o tres horas, le cuento lo que estoy viviendo, le digo que la extraño”, se lamenta Ignacio.

En vida mi esposa vino a escoger su tumba, el sitio donde quería descansar. Sabemos que no somos eternos, hay que prepararse. Solo le pido a Dios que la tenga en paz”.
Ignacio Suárez Sánchez

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