Germán Arteta Vargas
El aeropuerto-potrero
Noviembre de 1920: mes y año famosos en los anales de la aviación quiteña.
El 28 de ese mes apareció, por primera vez en los fastos de la Capital, un avión de verdad y volando.
Fue El Telégrafo I, pilotado por el italiano Elia Liut, que antes había dado una singular emoción en Cuenca, tras un vuelo de fama iniciado en Guayaquil.
Fue toda una hazaña.
Todo fue singular. Nadie habló de otro tema. El presidente de la República, José Luis Tamayo, compartió la curiosidad y solemnizó varios actos.
Pero en medio del entusiasmo, dos ciudadanos mostraban gestos de rabia: Nicolás Espinosa y Pedro Saá.
Lo que pasa es que el perverso e inoportuno avión aterrizó en un campo contiguo a las propiedades de Espinosa y Saá. En el único sitio apropiado, pero...
Saá vio con mayor paciencia el paso entusiasta del público por entre los sembríos que heredó a su madre, doña Mariana Jaramillo de Saá.
Espinosa se enfureció. Su pérdida era mayor y concurrió hasta las autoridades pidiendo por lo menos algo de indemnización, aunque con poca suerte.
-¿Cómo hacen campo de aviación en los terrenos de nuestras haciendas...? -gritó Nicolás, sin encontrar respuesta.
El propio Elia Liut había escogido el sitio. Y, pese a las protestas, el pequeño avión de las altas hazañas siguió en su sitio, inmóvil y admirado, hasta el 9 de febrero de 1921.
El Señor Intendente
Fue un intendente a todo dar. Tanto que mereció más de una primera página de la prensa de la época. En todo caso, siempre mostró un rostro feliz y orgulloso al recorrer por las calles de Quito, mitad empedradas mitad de tierra.
Don Antonio Fil, funcionario de confianza del presidente Leonidas Plaza Gutiérrez. Su innovación al usar automóvil propio para los recorridos le dio mayor fama.
Paseó en su Ford por las calles y plazas de la ciudad. Estuvo en San Blas, Santo Domingo, San Francisco. Pasó por el puente de la calle Venezuela. Avanzó hasta El Ejido y saludó con los futbolistas de la época.
"Es un intendente motorizado...", decían con alguna admiración los quiteños.
Del libro Tiempos idos..., por Jorge Ribadeneira Araujo