Calidad y virtuosismo ofreció Draco en Quito

Una ligera brisa deambula entre patrullas, un vehículo antimotines y varios policías que resguardan el centro de convenciones del teleférico, en Quito.

Pequeñas filas de gente esperan la hora para entrar al escenario, algunos fuman con el pretexto de amainar el frío de octubre que se apodera del lugar.

De pronto, un hombre alto y corpulento se presenta.

—¿Estamos listos? —dice con voz serena—. Mientras observa las filas de gente.

—¡Listos! —responden los tres verificadores al mismo tiempo.

—Entonces, ¡adelante!

A las 19:06 del ayer, 27 de octubre, los miembros de seguridad permiten el ingreso al concierto de Draco Rosa, un rockero, compositor y poeta newyorkino, de padres puertorriqueños, que adquirió fama desde su adolescencia cuando fue integrante del desaparecido grupo Menudo.

Cada fila obedece a una categoría y precio: al costado derecho está Box, con un precio de $ 69; en el centro, Sincronía, de $ 45, y a la izquierda, general, de $ 28.

Adentro, los fans corren y compiten por ganar las vallas pegadas al escenario, sin embargo y pese al apuro, hay espacio para todos. Al show no llegaron más de mil personas.

A las 20:33, las luces se apagan y se advierte la silueta de los artistas en la tarima. Enseguida vuelven a encenderse y aparece Draco, vestido de negro con unos botines de cuero con ojales metálicos.

Sus gafas brillan al igual que el anillo que lleva en su mano derecha. Su cabello, con una raya en el centro de la cabeza, le cubre hasta sus hombros y se mueve libre mientras entona “Delirios”

El público responde con gritos y aplausos, mientras sus piernas, en el propio terreno, empiezan a flexionar hacia adelante y hacia atrás al ritmo seco del contrabajo eléctrico y el sonido puro y melodioso de las cuerdas del violonchelo. La noche oscila entre el rock, el romance y el pop.

Las luces rojas y azules predominan, pero en espacios cortos aparecen las amarillas, las verdes y las blancas que se mezclan con el fondo negro dando un aspecto de telaraña.

En la quinta canción, estira su largo y delgado brazo empuñando el micrófono para que el público cante Llanto subterráneo. El frío ambiente inicial del concierto denominado “Lo sagrado y lo maldito” se transforma en fiesta, disfrute, placer...

Muchos toman sus celulares para conseguir selfies, otros levantan sus brazos ovacionando al artista; otros, simplemente mueven sus cabezas. En general, el público se ve satisfecho.

Draco termina de cantar Vagabundo y se va, pero el público le pide regresar a la tarima con Más y más, y enseguida hace corear el último tema Esto es vida. Luego de una hora con cuarenta y cinco minutos, la intensidad de la luz baja y Draco se despide “Gracias Quito, por su fuerza y su cariño”. (I)

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