Los raídos zapatos de Glenda Morejón

Domingo, 30 de Julio, 2017 - 00h00
30 Jul 2017
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30 Jul 2017

Durante los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 leí conmovido la narración de Eunice dos Santos, judoca brasileña, que ganó la primera medalla dorada para su país en ese torneo. Ella contó a la prensa su historia, plagada de dramas y frustraciones, antes de llegar al oro olímpico. Había nacido en una favela empobrecida de Ciudad de Dios y empezó a practicar judo a los 5 años. Nunca tuvo uniforme. Su entrenador –que no ganaba ningún sueldo– le prestaba un kimono que le quedaba grande, la ayudaba para su alimentación y le costeaba los traslados a las competencias. Su sacrificio la llevó a pensar en abandonar el deporte, pero su técnico y amigos la impulsaron a seguir.

“Nací en una comunidad que no me permitía plantearme muchos objetivos en la vida. Soy de Ciudad de Dios. Empecé a practicar judo por diversión y ahora soy campeona mundial y olímpica. Es importante para mostrar a todos que un niño con carencias, que a pesar de salir de barrio pobre se puede conquistar el mundo”, señaló Dos Santos.

La proeza de la joven atleta Glenda Morejón ha sacudido la conciencia del Ecuador entero. En una carrera épica que se definió en los últimos diez metros, Glenda, plena de coraje, derrotó a dos atletas que contaban con toda una fortuna invertida en ellas para lograr el podio: Merien Bekniez, de Turquía, y Elvira Khasanova, de Rusia. Ocurrió en Nairobi, Kenia, hace pocos días durante el Mundial de Atletismo Juvenil.

Salvo su familia y su entrenador, el guayaquileño Giovanni Delgado, nadie conocía a la hoy admirada atleta ni de su viaje a la gloria deportiva. La sorpresa fue mayúscula. ¿Quién es esta chiquilla de 17 años que acaba de bañarse de oro?, se preguntaban todos. En el Ministerio del Deporte no sabían de ella. La Federación Ecuatoriana de Atletismo también ignoraba que en Ibarra, en una escuela llamada Tarquino Jaramillo, se había gestado una campeona mundial juvenil. La Federación Deportiva de Imbabura ‘derrochaba’ en ella la fortuna de $ 60 mensuales para acallar su conciencia del deber incumplido de fomentar el deporte formativo.

Las informaciones posteriores fueron revelando detalles insólitos, propios de una novela. Glenda usaba para entrenar unos zapatos raídos y con huecos en la planta. Se hidrataba con agua de la llave y como energizante usaba agua de panela. Su padre no tiene trabajo y su madre vende frutas en el mercado. Su entrenador advirtió el potencial de su pupila y empezó una campaña humilde para sumar fondos: vendieron choclos, salchipapas, chochos, llapingachos y refrescos. La Federación de Imbabura puso ‘alguito’ y se llegó a los $ 1.200 que costaba el viaje, aunque debió ir sola al continente africano.

Giovanni Delgado va a seguir en su trabajo para llevar a nuestra juvenil atleta a cubrir la marca que necesita para los Juegos Olímpicos de Tokio 2018. “A la escuela que yo formé hace 18 años nadie la apoya económicamente. No recibo ni un centavo de nadie, ni tampoco cobro a los atletas. Lo mío es por pasión al deporte”, declaró Delgado, quien invierte parte de su sueldo como maestro de la Unidad Educativa Ibarra para financiar los gastos de la escuela.

El caso de la campeona es similar al de otro atleta marginado, pese a sus victorias. David Hurtado es el número uno en 10 kilómetros marcha en el ranking juvenil de la Federación Internacional de Atletismo. Es también campeón panamericano y sudamericano, pero no recibe ninguna ayuda del Ministerio del Deporte ni está incluido en el Plan de Alto Rendimiento. Se mantiene en la cima gracias al auxilio de su familia, de ciertas empresas privadas y de su entrenador, Fausto Cayambe, quien no recibe sueldo ni ayuda. “En febrero de este año acudimos al Ministerio del Deporte para comentarles de nuestro proyecto, de las competencias a las que íbamos a asistir, pero nos dijeron que no había dinero”, relató Cayambe. David reconoció que salieron del ministerio con lágrimas, “pero con el corazón lleno de sueños seguimos entrenando y cumpliendo metas. Hay mucha gente que por la falta de apoyo se retira del deporte, pero nosotros persistimos”, han relatado ambos.

No hay dinero dicen siempre en el ministerio, pero no hay para los atletas, porque para los sueldos de la burocracia y para los “especialistas en alto rendimiento” nacionales y extranjeros siempre ha habido. Igual para ciertos dirigentes que tienen el ‘complejo de Marco Polo’, porque quieren dar la vuelta al mundo varias veces, ya no en 80 días sino en varios años. Hay uno, sobre el que ya trataremos, que cuando invitan a un juez, va él a recorrer el planeta. Si la invitación es para un dirigente, obviamente se autonombra y hasta se ha hecho pasar por periodista para hacer uso de las invitaciones internacionales.

El Plan de Alto Rendimiento con el que el ministerio despojó de autonomía técnica y económica a las federaciones nacionales invierte cerca de $ 100 millones anuales. Para Glenda Morejón, ‘generosamente’, el ministerio anunció que le darán, como “estímulo”, $ 300 mensuales (el monto total para preparación es de $ 30.000 al año). Ante las críticas por lo ínfimo de esa cifra para una campeona mundial, el subsecretario del Mindeportes dijo con desdén: “¡Dicen $ 300 no es nada! ¡Por favor, es una niña de 17 años! ¡Cuánto más le quieren dar?”.

Todo este tejido viscoso y maloliente que estamos presenciando hoy tiene su origen en la Ley del Deporte, dictada en el 2010. La llamada Revolución Ciudadana asumió la conducción del país en el 2007 con un objetivo: arropar todos los sectores de la vida social e instalar la teoría del pensamiento único. La embestida para apoderarse del deporte, y convertirlo en reducto de una burocracia dorada empezó en el 2011 y se consolidó en el 2012 a través de la acción violatoria de la ley y las normas internacionales por parte de un ministro obediente de las órdenes que provenían de Carondelet.

Se intervinieron más de 40 federaciones nacionales, se obligó mediante una maniobra siniestra a renunciar al presidente del Comité Olímpico Ecuatoriano, se inventaron clubes de papel para forzar la elección de amigos en las federaciones y se consagró la maniobra con un enviado del Comité Olímpico Internacional, de quien se descubrió luego, en su país, que era un impostor que había falsificado un título doctoral.

La Ley del 2010 impuso la dictadura estatal en el deporte. Los directorios de las federaciones provinciales, según la ley, ya no son elegidos por los representantes de las asociaciones provinciales sino por funcionarios encorbatados, representantes de la rancia burocracia, que no han jugado ni carnaval, pero son fieles a los dictados gubernamentales.

“Esto no puede volver a pasar”, dijo el presidente Lenín Moreno. Discrepo con respeto, señor presidente. Durante la campaña electoral usted y los aspirantes presidenciales nunca se refirieron al deporte. Lo ignoraron. Mientras los favorecidos por la política incrustada en el deporte sigan mandando, y el ministerio siga siendo una sucursal del Comité Olímpico que usted y sus coidearios impusieron con maniobras abominables, los episodios de injusticia como los de Glenda y David seguirán ocurriendo. (O)

No hay dinero dicen siempre en el ministerio, pero no hay para atletas, porque para los sueldos de la burocracia y de los “especialistas en alto rendimiento” nacionales y extranjeros siempre hay.

Los raídos zapatos de Glenda Morejón
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2017-07-30T14:54:53-05:00
La Ley del 2010 impuso la dictadura estatal en el deporte. Se consolidó en el 2012 a través de la acción violatoria de la ley.
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