Pelota parada, liderazgo y otras hierbas

Cuando hay un gol al minuto de juego, como sucede casi diariamente en el fútbol, los periodistas dicen: “El equipo entró dormido”. No, desde el momento en que se pone en juego el balón y se mueven los jugadores, está la posibilidad de hacer gol. El fútbol es una dinámica que puede deparar miles de situaciones diferentes. No hay forma de contemplarlas todas. Además, no se puede controlar el pensamiento de los rivales. “Ellos no saben lo que yo voy a hacer con la pelota…”, sostenía Ricardo Bochini. Esa convicción le daba una ventaja adicional.

Lo mismo acontece cuando hay un gol sobre el final. “¡No nos pueden hacer un gol en el último minuto…!”, se reprochan. ¿Por qué no…? ¿Ellos sí pueden y el contrario no…? En estos tiempos en que el estado físico de todos es muy bueno, cada vez hay más goles agónicos. Entonces sale el periodista, saca una muletilla del bolsillo y dice: “El Sporting de Lisboa no supo cerrar el partido”. Hablaba del choque ante el Real Madrid, que se lo empataron a los 89 minutos y lo perdió en el minuto 94. ¿Y cómo se cierra, con un candado…? Esto no es un bar, es un encuentro de fútbol. No hay una persiana que uno pueda bajar y decirles a los de enfrente: “Está cerrado”. Hay once oponentes que desean lo contrario a nosotros. Y una pelota tintineando. Por ahí uno de ellos mete un bombazo al ángulo “y adiós mi plata”, como decía el uruguayo Pepe Schiaffino.

Son clichés. ‘Mito mundial’, tituló el diario deportivo As en relación con los goles y triunfos agónicos del Real Madrid. No hay casualidad, sino causalidad: el Madrid respeta siempre su grandeza, ataca hasta el último instante. Y cuando uno ataca, el gol es una posibilidad tremendamente cierta. Más con esos delanteros. ¿Cómo hacía el Sporting para contener el ansia madridista y cerrar el triunfo…?

“El partido fue parejo, perdemos por una pelota parada”, dice, para excusarse, el entrenador de un equipo muy famoso. En ese caso, el rival lo desemparejó: tuvo la virtud de convertir. Además, marcar de un córner o un tiro libre es tan válido como en cualquier otra acción. Lo que nunca escuchamos es la frase al revés: “El partido fue parejo, ganamos por una pelota parada”. Ahí sí se adjudica el mérito. Porque el gol de pelota quieta encierra una cualidad del que anota.

Brasil le marcó a Colombia un gol al minuto de juego y de pelota quieta. Miranda anticipó a todos y cabeceó a la red. Entonces se buscó al culpable de perder la marca del autor, en ese caso, Bacca. Pero no siempre hay culpa del que defiende, sino virtud del que ataca. Fue mérito de Miranda. Si Bacca pudiera leer la mente de Miranda y no actuara en consecuencia, entonces sí podríamos culparlo. Caso contrario caeríamos en la de un relator que en los casos así dice: “Lo dejaron cabecear”. No lo dejaron, se impuso por decisión y por condición técnica y física. No se pueden gobernar todos los actos del adversario.

Si no se debieran hacer goles de cabeza, ¿para qué se tiran centros…? Colombia llegó al empate parcial con Brasil también por un centro. Y no fue por error del rival, sino por cualidad propia, de James, que mandó una bola sensacional, con rosca, envenenada. Cualquiera que rozaba la pelota, se metía. La rozó Marquinhos. El 85% del gol fue el centro, lo mismo que en el segundo tanto del Real Madrid al Sporting. Conectó Álvaro Morata a la red, pero en el centro de James viajaba el gol.

Otro absurdo actual es que pareciera que el requisito más importante del arquero pasó a ser su juego de pies. ¿Y atajar...? La función prioritaria del portero siempre es la de evitar el gol, aun en equipos cuyo estilo se basa en la posesión, como el Barcelona o el Manchester City. Si además juega bien con los pies y ayuda a la salida y a la descarga cuando un defensor está apremiado, mejor. Y si además hace goles de tiro libre como Rogerio Ceni o Chilavert, buenísimo. Si invertimos los tantos, caemos en la del taxista que es buen conversador, pero no conoce las calles.

Otro tema de candente actualidad es el liderazgo. Desde luego, se trata de un gran atributo. Es mejor tenerla. Pero pareciera que ahora tiene que ser líder hasta el utilero. “Sí, es buen utilero, tiene el vestuario impecable, pero le falta liderazgo”. ¿El plomero también necesita liderazgo…? ¿Y el que vende zapatos…? ¿No se exagera con esto…? Antes era más simple, uno esperaba que el lateral marcara, que el arquero evitara goles y que el “9” los hiciera, no se hablaba de liderazgo.

Garrincha no tenía liderazgo, solamente era un genio. Y nadie se preocupaba. Si a Houseman o al Loro Cueto le hubiesen preguntado a los 20 años por el liderazgo, habrían respondido: “¿Con qué se come…?”. Ni tenían idea de eso. Ellos habían pasado su infancia y adolescencia con una pelota en los pies y tenían una relación íntima con ella, la amaban y esta les obedecía. ¿Alguien le pidió alguna vez liderazgo a Tostao, a Coutinho, a la Bruja Verón…? En la época del Estudiantes campeón de América, la Bruja aportaba los goles, el genio; a pelear los premios iban otros. Bochini se cambiaba en un rinconcito del vestuario, sin hacer ruido, después entraba y ganaba los partidos y hacía delirar a algunas decenas de miles en las tribunas. Ellos lideraban desde el juego.

En todo grupo humano hay algún líder, a lo sumo dos, el resto aporta otras facetas. Antonio Ubaldo Rattin fue un jugador discretísimo con la pelota, pero un tremendo líder. Pocho Pianetti pateaba los penales; tenía patada de mula. Cierta vez falló un penal, a la fecha siguiente otro y luego uno más. Dos domingos después sancionaron otro penal a favor de Boca y fue Pianetti a acomodar la bola. El Rata lo frenó: “¿Qué hacés, Pocho…? Dejá esa pelota ahí…”. Pianetti no dijo ni mu, se corrió y pateó un compañero. Ahí está la importancia del liderazgo.

Otra vez que Boca andaba mal, vuelven un martes a los entrenamientos y, en el vestuario, ya prontos a salir al campo, Rattin le dice a la tropa: “No se vayan que vamos a hacer una charla”. “¿Para qué…? Vamos a pelotear”, respondieron dos o tres. Y ahí le salió el capitán de adentro al gran Antonio: “No, no, vamos a hablar porque andamos mal, esto es Boca, no podemos perder todos los partidos, hay que enderezarlo”. Y ahí nomás encaró a uno por uno. A Mourinho, un centromedio magnífico que fue capitán hasta de Argentina y murió en Chile en la tragedia del avión del Green Cross, le espetó: “Vos, gallego, no estás marcando a nadie”. Y así fue recorriendo el espinel. No tenía el tono acusador o delator ni del reproche personal, enfocaba el problema, los compañeros lo entendían, era el líder frontal que con palabras francas pretendía el bien común. Él también exponía sus deficiencias. Y Boca empezó a salir del pozo.

El Rata fue un líder fenomenal y se lo respeta por tal. Pero Rattin hay uno en cada plantel, no 20. Y jugaba por eso. Con la pelota hablaban los otros. (O)

 

Otro tema de candente actualidad es el liderazgo. Desde luego, se trata de un gran atributo. Es mejor tenerla. Pero pareciera que hasta el utilero debe ser líder. “Es buen utilero, pero le falta liderazgo”.

 

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