domingo 24 de marzo del 2013 Columnistas

Cecilia Ansaldo Briones

Clima psicológico

No voy a utilizar conceptos que no son de mi área de desenvolvimiento intelectual. Sé que la Psicología utiliza esta mención para calificar las percepciones de los ambientes de trabajo. Yo paso de largo y empleo el sentido común, la experiencia, el olfato de las vivencias y los años para conectarme con lo que me rodea y entro en divagaciones sobre el momento y sus lenguajes.

Llamo “clima psicológico” a eso que percibimos cuando entramos a una casa y que es bastante impalpable e impreciso. No tiene que ver con la calidad de los muebles ni el valor de los objetos decorativos; si los dueños creen en el Feng Shui habrá disposición y orden especiales a los que se les atribuye poder receptivo de “buenas energías” o repelente de flujos negativos. En el misterioso aire acogedor en ciertos hogares radica el clima favorable, el tranquilo decurrir de las vidas en sus pequeñeces cotidianas, aire de armonía, de limpieza interior más que externa, de voces apacibles y no gritos. Algunos logran desarrollar el arte de convivir entre las diferencias –el adolescente que escucha música rock a alto volumen, los fanáticos que imponen la trasmisión de fútbol a los que no quieren ese deporte–, otros han hecho elecciones más afines: iguales gustos, pautas que se respetan.

Los lugares de trabajo tienen su respectivo clima psicológico. Las redacciones de los periódicos, por ejemplo, están cargadas de tensión aunque triunfe el silencio y las voces no alcancen sino el talante de murmullo; allí se concentra el espíritu del mundo, en esos enormes cuadriláteros cortados por cubículos o escritorios palpita la multifacética realidad que cruza sus colores al ritmo vertiginoso de los hechos. Yo provengo de ambientes de enseñanza en los cuales todo se calma o anima según las vueltas del reloj: horas de clase, recreos, sesiones deportivas, reuniones de profesores, de autoridades, celebraciones patrias, aniversarios. Y para cada acontecimiento se abre un paréntesis adecuado: el silencio de concentración, la vocinglería jubilosa, los zumbidos de queja.

Estoy convencida de que las ciudades y aldeas tienen clima psicológico. El clima meteorológico pone un sello indiscutible: el frío hace personalidades reconcentradas, el calor nos empuja hacia la exhibición y hasta el desafuero. Naturalmente estos clichés son rotos por las individualidades, pero miro a Guayaquil en este momento, como si pudiera levantar la tapa de un recipiente en cuyo fondo se agitara esta ciudad en permanente estado de ebullición. El bochorno diario nos pone más frenéticos, las reducciones del tránsito nos exasperan y los servicios públicos siempre cuestionables (cuyas deficiencias he mencionado en anteriores columnas) nos someten al viacrucis de cada día. Estas realidades son combinables con un regusto por la diversión que convoca a actos cada vez más masivos (pueblo procreador el nuestro), con un afanoso laborar de hormiga que recoge el ingenio para subsistir.

¿Y la palabra? Anda por todas partes, multiplicada en el ímpetu actual por informar y opinar, abierto por la imparable fuerza de las redes sociales, por los medios consagrados que ponen cada día la nota que debemos asimilar y comentar (¿será bueno el papa Francisco?, ¿vencerá la posición ecuatoriana en la CIDH y cuáles son sus soterradas intenciones?). Clima crispado, esperanzado, agitado.

Cuesta equilibrar el clima interior, ese que es producto de la larga lucha íntima, cuando somos resultado de todos los anteriores.

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