Marco teórico

Este nuevo año me ha encontrado en febril actividad, con la iniciativa de escribir un libro que va a marcar un hito en la literatura. La idea es, francamente, perfecta. Ahurita estoy conformando eso que los intelectuales llamamos marco teórico, después del cual iré poco a poco delineando los personajes y elaborando la acción.

Verán les cuento el marco teórico, que me está quedando chévere y, además, ¡qué bestia!, me está saliendo escrito en antiguo (pero no dirán a nadie, porque después algún malo lo ha de subir al internet, lugar del que cualquiera puede copiarlo porque ahora eso está totalmente permitido y aceptado hasta por la Espol, que va a abrir una maestría de tercer nivel en copy-paste, creo).

El marco teórico que dará forma a mi libro está situado en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. Allí, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

¿Les está gustando? ¡Qué bueno! Es que bien inteligente soy, para qué también. Y, francamente, facilito me está saliendo gracias a la revolución ciudadana que ha puesto a nuestro alcance el conocimiento universal y nos permite acceder a él para elaborar tesis de grado, monografías, tratados, informes, sumillas, novelas, cuentos, opúsculos y demás.

Ojalá después que termine mi magna obra el excelentísimo señor presidente de la República, que se ha demostrado siempre tan sensible a la creación, sea esta propia o ajena, plagiada o falsificada, me haga un homenaje y me nombre manco de Lepanto, por lo menos. ¡Ay no, qué bruto!, ministro, asesor o vicepresidente mejor que me nombre porque como manco solo he de poder usar una mano y con ella no he de poder coger todo lo mucho que hay que coger en esta revolución ciudadana.

Y ya. Después me he de ir nomás a Miami, con la anuencia del excelentísimo señor presidente de la República y del fiscal, porque, ¡qué ternura!, se casa mijito ques auténtico y no falsificado. Chuta, pero ya creo que me estoy cambiando de novela. Otra vez les cuento esta, que también es bien chévere: un thriler en que el fiscal recién siace el furioso, legalista y agilito, una vez que dejó que el fugado se fugara en primera clase. Best seller creo que me va a salir.

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