Árboles
Hace años conocí las secoyas, árboles inmensos, el más alto del planeta mide más de 115 metros, imponentes, cuyas raíces se entremezclan y pueden hacer frente a tornados, pues aunque el tronco se rompa por la furia del viento, los otros troncos independientes, pero unidos por las raíces, aportan la savia que el tronco herido necesita para retoñar. Y en la India vi un árbol que desde las ramas echaba sus raíces para formar nuevos troncos como pilares rectos, de manera que casi no se podía identificar el árbol padre o madre. La extensión de las ramas abarcaba una superficie mayor a un estadio. En ese entramado los vientos no tenían mucho poder. Algo semejante a los mangles pero con troncos que crecen desde las ramas a intervalos regulares y bien rectos, al caminar bajo su sombra parecía que recorríamos un templo o una mezquita. Luego me presentaron un árbol que resiste los incendios, cuyo tronco no se quema. Sobrevive en condiciones adversas y se defiende.
Acabo de llegar de los fríos del sur, los árboles con sus ramas secas parecen no tener vida, aguantan vientos y heladas, noches tempranas y amaneceres tardíos, pero al menor soplo de la primavera se hincharán de brotes tiernos y flores. El frío lo necesitan para matar los parásitos que de otra manera acabarían con ellos. Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. La naturaleza me sobrecoge en su poder de adaptación, de respuesta a los múltiples desafíos.
Dicen que Buda estaba un día meditando sentado, arrimado a un árbol, sus discípulos que lo buscaban no lo veían, tanto estaba compenetrado con él, hacía uno con él.
A monseñor Proaño le hacía sufrir ver los eucaliptos casi sin hojas con sus troncos flacos buscando el cielo y solo unas ramas arriba, muy altas, como penachos. No pueden respirar, decía, quitan las hojas con el afán de lograr más madera y no respetan la planta. Y en la casa de Santa Cruz en Riobamba, luego de participar en los encuentros nadie podía irse sin sembrar un árbol, hoy se ha convertido en un bosque frondoso y acogedor.
El próximo 10 de agosto se cumplirán 6 años del fallecimiento del P. José Gómez Izquierdo. También amaba los árboles. A orillas de la represa sobre el río Uruguay, en la frontera noroeste entre Uruguay y Argentina, estaba sentado, ensimismado, a la sombra de un eucalipto enorme, mirándolo de frente. De pronto se levantó, lo observábamos, él alto y delgado, abrazado al inmenso tronco largamente, silenciosamente. Es mi hermano, es mi amigo, me grita Dios, dijo quedamente después.
No entendía que unos amigos que tenían una propiedad en medio del bosque vivieran en el tumulto de la urbe, les preguntó los motivos. Terminaron mudándose al bosque lejos de la ciudad, de sus trabajos. Ellos, ateos, tienen en el comedor su retrato presidiendo sus encuentros.
Hoy su tumba está a la sombra de un inmenso mango. ¿Se preguntará con Federico García Lorca?:
¡Árboles!
¿Habéis sido flechas/ caídas del azul?/ ¿Qué terribles guerreros os lanzaron?/ ¿Han sido las estrellas? /Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros,/ de los ojos de Dios, / de la pasión perfecta./ ¡Árboles! /¿Conocerán vuestras raíces toscas/ mi corazón en tierra?
