Ganar a como dé lugar
Las Olimpiadas que se están celebrando en Londres, a pesar de inevitables sombras, están poniendo a la luz valores, sin los cuales nos deshumanizamos. Señalo algunos: el respeto y la valoración que los atletas tienen de sí mismos, de los otros concursantes, del país y de la disciplina que representan, el esfuerzo personal, la constancia en prepararse, el fiel cumplimiento de las "reglas del juego", la imparcialidad y la capacidad de los jueces, la ausencia de recursos engañosos, como el dopaje.
Todos, como es obvio, quieren ganar; pero quieren ganar demostrando su prestancia, respetando los valores señalados. No quieren ganar "a como dé lugar".
Es atleta de verdad no solo el que triunfa, sino también el que no ocupa el podio, después de haber competido con todas sus cualidades y el que es capaz de tender la mano al triunfador(a). "Que gane el mejor" es su lema.
Los medios de comunicación, al señalar en sus informes una vez un valor humano, otra vez otro, nos oxigenan de humanidad. Ayer, hoy y mañana necesitamos este oxígeno. Actualmente, a contraluz, dos hechos nos están asfixiando a los ecuatorianos: 1.- la compra-venta de firmas para inscribir partidos o movimientos, y 2.- los concursos trucados.
La firma es representación de la persona. Quien compra y quien vende entran en un campo vecino al de la prostitución. Pienso que es más culpable quien inicia esta grave falta moral, proponiendo esta "prostitución"; es más culpable aún, por abusar de la pobreza, de la ingenuidad o de la ignorancia de ese que se vende en la firma. Este tal es también culpable, culpable por su pereza de pensar, por no esforzarse en darse cuenta, por tonto que se lo suponga, de que está siendo usado.
Estos concursos son en parte pantomimas, para colocar en el podio a personas predeterminadas, que han hecho o que harán "méritos" de obsecuencia. Ese podio debería ser ocupado por personas que sirvan a los ciudadanos "sin temor ni favor". Subir el podio del servicio público debe ser un honor merecido, por haber cultivado valores humanos. Subir sin esos valores humanos, antes enumerados, es un deshonor que, aunque difuminado, se deja como herencia.
Comprar y vender firmas y ganar "a como dé lugar" son hechos en sí mismos dañinos. Si sus actores son personas o personeros de servicio público, estas acciones son doblemente dañinas, porque los dirigentes son, merecida o inmerecidamente, modelo de conducta.
El que también antes haya habido corruptelas iguales o peores, es tema de discusión. Los errores de ayer no justifican los de hoy, especialmente si los colocados en el podio no están en él desmienten la declamada "meritocracia". También en estas circunstancias vale la afirmación: "La calentura no está en las sábanas". No basta cambio de estructuras; se requiere el lento proceso hacia una recta escala de valores en la que ocupa el primer peldaño la dignidad personal.
Suprimidos de la educación valores y su fundamento, crecen en número vendedores y compradores de firmas y los concursos trucados.
