El buen dictador

En días pasados Christine Assange, madre del fundador de Wikileaks, quien se encuentra refugiado en la embajada de nuestro país en Londres, lanzó una galante ironía a Rafael Correa al comentarle que "usted es un buen dictador, he caminado por las calles y veo a la gente sonriente y feliz", en alusión directa a quienes endilgan al presidente el calificativo de dictador. En otras palabras y de acuerdo a la interpretación de Christine Assange, ¿cómo es posible que el presidente, a quien lo percibe tan popular, sea considerado como dictador?

Me parece interesante el episodio para analizarlo en dos aspectos diferenciados, el uno relacionado a la posibilidad de que encontremos un buen dictador y la otra, al hecho cierto de la popularidad de Rafael Correa. Respecto de la posibilidad de identificar la figura política del buen dictador, posiblemente la madre de Julian Assange asume la imagen tradicional del dictador, encajándola con la de un gobernante odiado y vilipendiado por su pueblo, lo cual no necesariamente ocurre así, ya que la historia nos da varios ejemplos de dictadores con asombrosos niveles de popularidad y aceptación en los países que gobernaban como dictadores. La ironía respecto de los dictadores es que varios de ellos fueron (o son) populares, lo que significaría también que aquellos pueden ser considerados como buenos dictadores, circunstancia realmente aberrante para quienes creemos en la verdadera democracia.

En la línea del buen dictador, resulta también interesante la reflexión acerca de la posibilidad de una dictadura constitucional, es decir de un régimen arropado bajo la tutela de una Constitución, pero con ciertos elementos propios de una dictadura tales como la concentración de poderes, el ejercicio arbitrario de las garantías constitucionales, la ausencia de partidos de oposición, factores que pueden sugerir la idea de una dictadura constitucional. En realidad sigue abierta la discusión de que si ese término puede ser entendido como políticamente correcto, más allá de que muchos analistas dan por sentado que la posibilidad de una dictadura constitucional es una amenaza latente para cualquier tipo de democracia.

Me refiero ahora al hecho, aparentemente constatado por Christine Assange, de la popularidad del presidente Correa (¿la gente sonriente y feliz?), la cual ciertamente involucra una aceptación ciudadana fuerte y sostenida, pocas veces vista en nuestra historia democrática, pero esa realidad no le da sustento a ironizar sobre aquello que no existe. A fin de cuentas, Rafael Correa no es ni buen ni mal dictador, simplemente no lo es. Pero ni el criterio de Christine Assange, ni el mío, ni el de nadie, debería quitar el derecho de opinar a quienes piensan totalmente lo contrario.


La ironía respecto de los dictadores es que varios de ellos fueron (o son) populares, lo que significaría también que aquellos pueden ser considerados como buenos dictadores, circunstancia realmente aberrante para quienes creemos en la verdadera democracia.