Virtuoso hispano ecuatoriano se presentó en el Sánchez Aguilar

CARLOS ICAZA ESTRADA
carlos_icaza_estrada@hotmail.com.- Como parte de su ciclo de piano, el Teatro Sánchez Aguilar presentó la noche del miércoles al joven pianista Juan Andrés Barahona, nacido en 1989 en París, de padres ecuatorianos. Estudiante de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, en España, recibió el premio al Alumno más Sobresaliente y ya se ha presentado en varios países de Europa Occidental.

La primera parte del programa fue de corte impresionista, sobre todo, por la presencia de Debussy y Albéniz. Abrió con dos piezas de Chopin, los Nocturnos en fa # mayor, Op. 15, No. 2; y en do menor, Op. 48, Num. 1. La interpretación de Barahona mostró su buen criterio: evitó el sensacionalismo de los rubatos exagerados, prefiriendo buscar nuevas formas de interpretar las complejas pero muy románticas frases de Chopin, sin olvidar los sutiles contrastes entre las melodías forte y piano.

Estas piezas, de por sí atmosféricas y melancólicas, encajaban perfectamente con lo que les siguió: la Suite Bergamasque, de Claude Debussy, mejor conocida por su tercer movimiento titulado Claire de Lune.

Música tan atmosférica como esta demanda mucho uso del pedal de resonancia para dejar la música flotar en el aire, en el tiempo, acaparando la atención del público con sus sentimientos vagos, que evitan los extremos de la música romántica. El desafío para el pianista en estos casos es mantener la claridad de las frases, de la melodía, en medio de toda esa niebla del acompañamiento grave y las notas ya tocadas. Barahona lo logró sin dificultad alguna -los más rápidos trinos y arabescos eran fácilmente reconocibles. Siguió Almería, del segundo cuaderno de la Suite Iberia de Albéniz, una de las obras favoritas de Debussy.

El impresionismo continuó después del intermedio, con dos piezas de Rachmaninoff, Lilas, Op. 21, No. 5, y un fragmento de las Margaritas, Op. 38, No. 3. Barahona casi inmediatamente comenzó a tocar la sexta sonata de Prokofiev, causando un contraste disonante que iba con su espíritu muy modernista. La partitura de esta es bien explícita en los cambios de intensidad y tempo que debe adoptar el intérprete, algo que no siempre sucede. Así, en una pieza como esta, con frases que difícilmente invitan a silbarlas y que un público tradicional apenas consideraría melódicas, Prokofiev, definitivamente, le hace un gran favor al pianista.

Pero eso no significa que este no tiene que hacer su trabajo: hasta escuchando al gran maestro Sviatoslav Richter tocar esta pieza, uno reconoce fácilmente la dificultad que ella involucra, sobre todo en los rápidos primer y último movimientos, donde se escuchan unos disonantes arpegios que irrumpen como una obsesión, súbitamente y en repetidas ocasiones, como buscando detener la música sin jamás lograrlo.

A uno le cuesta evitar pensar en los posibles conflictos internos que dieron luz a esta obra compuesta en 1940 bajo el régimen estalinista, al cual Prokofiev detestaba. Aunque comparado con la grabación de Richter de 1965, Barahona perdió un poco el control en el último movimiento, dejándolo un poco confuso, el virtuosismo y validez de su interpretación son innegables. El público agradeció a Barahona con un fuerte y largo aplauso, recibiendo como encore una corta pero bella transcripción del ballet Romeo y Julieta del mismo Prokofiev.