Tormentoso ingreso de visitas a la Penitenciaría
No se conocen entre sí. Pero la vida las lleva al mismo lugar por motivos semejantes. Son las visitas que cada fin de semana llegan a la Penitenciaría del Litoral, la mayor cárcel de la región Costa en el Ecuador, que hasta la semana pasada albergaba más de 5.350 internos. Y en esa intención viven una odisea que comienza antes de la medianoche de cada viernes y sábado.
Aunque recién a eso de las 06:30 de cada sábado y domingo, las visitas oyen una gruesa voz que les dice: "Pónganse en orden para entrar", las filas comienzan a formarse desde las 23:00 del día anterior. Se estima que unas 20 mil personas llegan a la cárcel cada fin de semana.
Se aparecen a esa hora para "coger puesto". Sobre el suelo maloliente, en pedazos de cartón, cientos de visitas ¬un 95% mujeres¬ improvisan un lugar para descansar. Algunas, las que tienen más tiempo yendo al sitio cada semana, llevan telas casi transparentes que usan como toldos. Medio se protegen de los mosquitos y otros insectos.
Conforme pasa el tiempo, las filas crecen. Ahí narran vivencias. Pero prefieren no ser identificados. Con el paso de las horas hablan de sus problemas: que el juicio contra sus detenidos demora, que la investigación se hace larga y pareciera que nunca llegará al final, que no tienen cómo mantener a sus hijos, que varias enfrentan nuevos embarazos. Así esperan que el tiempo pase pronto y la madrugada termine.
Las escasas luces y el viento que con el paso de las horas sopla fuerte a orillas del km 16,5 de la vía a Daule ¬donde está la cárcel¬ vencen a unas visitantes. Otras siguen despiertas. Entre ellas está Martha (nombre protegido). Cuenta que "el sacrificio vale la pena", porque así tiene más tiempo para compartir con su hijo detenido.
Ella ha aguantado hambre, frío y muchas veces hasta lluvia con tal de verlo más horas cada fin de semana. Cansada de sus labores diarias, se sienta sobre una pequeña sábana, entre dos barandas. "Mi hijo es un joven estudiante que fue apresado injustamente por un caso de visas, ahora me toca esperar a que termine esta pesadilla", dice la mujer, mientras espanta los insectos con un periódico.
Pero Martha no llega a la cárcel sola. Cada vez que va de visita lleva a un nieto de 10 meses. Mientras habla de lo que califica como 'injusticia' contra su hijo, la angustiada madre intenta ser fuerte. Pero de a poco su rostro se entristece y las lágrimas humedecen sus mejillas.
Mientras la escuchan, otras internas se quejan del maltrato que reciben cuando acuden a visitar a sus familiares. Luisa critica que no haya baños en el sitio. Han colocado unos portátiles, pero están en mal estado y las luminarias dañadas dan un aspecto fúnebre a ese sitio.
Otras, en cambio, se quejan porque el control no es efectivo. En el sitio no hay quién evite que "intrusas" se metan en la fila que ha comenzado la noche anterior. Por eso las peleas son comunes. Ni los policías intervienen. Las ven de lejos, pareciera que tienen hasta miedo.
En uno de esos problemas, ocurrido la semana pasada, fue que Leonor sufrió la pérdida de una uña del pie derecho. "Me aplastaron por quererme quitar el puesto y para rematar otra me tropezó minutos después. Así que el doctor tuvo que sacármela", comenta la mujer que llegó al sitio desde el sur de Guayaquil para ver a su hijo, quien tiene un mes detenido acusado de una supuesta agresión a un policía nacional.
"Esto nunca va a cambiar, las peleas son continuas entre mujeres que aprovechan el cansancio de otras y les ganan el puesto sin darse cuenta", comenta la China, quien es conocida como una de las más antiguas visitantes de la cárcel. Por lo que se observa entre las personas que la conocen, se ha ganado el respeto de las demás mujeres que permanecen hasta diez horas a la espera de poder ingresar a la visita semanal.
Armada con un temperamento fuerte, pero siempre llena de alegría, la China grita y a ratos sonríe. Con su actitud les da confianza a sus amigas, las vecinas de la larga fila que cada fin de semana experimentan situaciones semejantes a ella y que con el tiempo han llegado a convertirse casi en su familia.
Aunque las peleas llegan a ser fuertes, el temor más común entre las visitas es ser descubiertas en algún altercado. Eso podría costarle la prohibición de volver en quince días. Las tienen identificadas en un registro que consta en el sistema que el Ministerio de Justicia instaló en esa cárcel.
Pero no todas son como la China. La mayoría prefiere pasar desapercibida ante la prensa. Se esconden bajo los finos toldos. Así evitan hablar y ser captadas por las cámaras. Reconocen que no les gustaría ser reconocidas por los vecinos en sus barrios. Si eso sucediera, podrían ser víctimas de comentarios discriminatorios porque tienen familiares en prisión.
Cada día de visita, la extenuante jornada llega a su final después de las 16:30, cuando las visitantes deben abandonar la cárcel. Para que les den sus cédulas, empieza otra odisea.
Protesta en la entrada
El pasado sábado decenas de personas protestaron afuera de la Penitenciaría del Litoral porque les impidieron entrar al sitio, después de una protesta de los internos.
Amotinamiento
Las visitas desconocían que la noche anterior, desde las 21:00, varios reos que se encuentran en el área de Servidor Público de Apoyo Nº 2 de la Penitenciaría habían agredido a dos guías que laboran en el sitio y que salieron heridos.




