Estampas porteñas

Guayaquil ¡cómo te amo!, porque me diste gentil posada. Yo admiro la belleza de tu río y gozo con el aire fresco de los manglares de tu sin par estero.
Laura Zambrano Ojeda, cañarense.

El alquiler de las bicicletas
Tener bicicleta propia hace décadas era un privilegio de los niños bien, es decir, con padres adinerados. Por eso, la muchachada que quería dar un paseo o practicar, recurría a las agencias que por cincuenta centavos o un sucre les daban derecho a usarla una o media hora.

Si el paseante se pasaba del tiempo convenido, debía dejar en prenda el cinturón o los zapatos que casi siempre equivalían a los cuarenta o cincuenta centavos de la deuda por el lapso extra.

Recuerdo que en la calle Bolívar, hoy Víctor Manuel Rendón y Riobamba, en un portal se alquilaban bicicletas. Otro lugar era en Rumichaca y Vélez, donde un esmeraldeño tenía este negocio y también organizaba ciclopaseos hasta la Julián Coronel y por allí a la hacienda Atarazana.

Más de 20 muchachos componíamos el grupo, que consentía a mujeres pues para ellas había los vehículos especiales que va del timón al asiento o montura. Las bicicletas que utilizaban los varones servían para llevar a un amigo allí sentado, a pesar de que era prohibido.

En Rocafuerte y Juan Montalvo, cerca de la casa de la familia Correa Delgado, el señor Reinoso tenía este negocio y conocía a la clientela del barrio (chicos y chicas), que escogían la calle Panamá para sus divertidos paseos.

En la actualidad tener este negocio es riesgoso, porque con dos o tres dólares que pagarían por adelantado, el usuario podría irse con bicicleta y todo. Los que por su trabajo tienen que usar este vehículo, tienen cadena y candado para amarrarle a cualquier poste y así evitar robos.

Alberto Muñoz Morán, boticario y jubilado.