Estampas porteñas

Mi Guayaquil es una bella perla, en el globo del mundo confundida, entre el collar del río y del estero y de la preciosa cadena de su cerro.
María Luisa Montoya de Mora, guayaquileña.

Recordando los antiguos buses
A mediados del siglo XX, el transporte urbano masivo lo hacían once líneas de buses, excepto la 4 que circuló años después. La mayoría de carros era con motor a gasolina y la carrocería de madera, con doble tablado (costados y parte posterior).

El exterior se cubría con láminas metálicas pintadas con vistosos colores. Tenían una puerta de acceso en la parte posterior (subida) y otra anterior (bajada). El pasaje costaba 20 centavos de sucre y el personal lo integraban el conductor y el cobrador.

Algunos buses tenían un tercer miembro, que era el controlador, ubicado en el primer asiento del costado derecho, que marcaba en un numerador manual la cantidad de pasajeros que subían y ordenaba al conductor reanudar la marcha.

Por disposición de las autoridades de Tránsito, la parada rigurosa de los buses se hacía cada dos cuadras; la señal de aviso para cada parada se daba con un timbre accionado por un cordón que estaba a ambos lados del bus en la parte superior.

No había límite para la cantidad de pasajeros, por lo que a determinadas horas muchos iban en los "estribos". En ese tiempo se practicaba la "tranca", criticada porque al salir de una estación el conductor manejaba despacio y al aproximarse a la otra corría velozmente.

En días de lluvia los usuarios abrían una pequeña tabla giratoria que les permitía levantar una ventana con vidrio para evitar mojarse.

En el interior el peligro era la sustracción de dinero, por lo que en los buses se leía "cuiden sus bolsillos".

Néstor Alejandro Ochoa, ingeniero naval y catedrático.