miércoles 22 de febrero del 2012 Columnistas

David Samaniego Torres dgst35@gmail.com

¡Manos arriba!d

Dos veces, en mi vida, escuché la orden “Manos arriba”. La primera fue en la plaza de Tudul, frente a la iglesia del Sígsig; fue en ese cantón azuayo, frente al Guallil y a Nari. El Carchi, lugar de vivencias de mis abuelos y sus nietos, fue testigo. Entre riscos y musgos se escondía el milenario Chobshi que guarda aún celosamente la Cueva Negra y las ruinas de Shabalula donde hace más de diez mil años vivieron los primeros habitantes de Ecuador. Era yo alumno de la escuelita Alberto Castagnoli; ensayábamos, día tras día, la revista de gimnasia que era todo un acontecimiento ciudadano: uniformes limpios, no necesariamente nuevos; fusiles de madera y “cuetes” como municiones; marcialidad, elegancia, responsabilidad, pundonor. En las semanas de preparación de este show cívico popular nuestro profesor de gimnasia, un joven religioso salesiano, daba las órdenes: de frente maaaarrr, aaalto, a la dereeee, fiiiirmes. Una de esas órdenes era también “manos arriba… brazos estirados, … no se muevan… dedos juntos… mirándose las palmas”; y así nos tenía el maestro de gimnasia disciplinando nuestro carácter, dando movimiento a nuestro cuerpo, haciéndolo flexible y obediente a las órdenes de mando. Esas revistas de gimnasia eran aplaudidas a rabiar; nunca las olvidamos, las recordamos con orgullo y con nostalgia.

La segunda experiencia de “manos arriba” es de ingrata recordación. No hace muchos meses un buen amigo que deambulaba presuroso por Sauces, en Guayaquil, en busca de una medicina para su hija a la voz de “manos arriba, esto es un asalto”, tuvo que entregar su reloj, celular y el dinero para las medicinas que iba a comprar. Estas fueron mis primeras experiencias de “manos arriba”. Las he contado con sencillez; con nostalgia en un caso, con impotencia y coraje en el segundo.

Existe ahora una modalidad nueva, la de “manos alzadas”, actividad rentable, de largo aliento. Se exigen como requisitos: desparpajo, renuncia al libre albedrío, pérdida del rubor, manos ágiles para aplaudir, gargantas listas para gritar; se prefieren caras bonitas porque al igual que la vaselina evitan irritaciones. Esta modalidad se agrupa en el “Exclusive Manos Alzadas Club”, vieja agrupación que abre sus puertas en regímenes totalitarios, de derecho o de facto: el de derecho, en verdad, es de facto; el de facto solo tiene visos de derecho; los socios de este club son gente simpática y obediente que un buen día decidieron hipotecar su mente y enajenar su voluntad; son peritos en gimnasia rítmica de manos alzadas. Ahora se han tecnificado. Las órdenes llegan por medios electrónicos. Aprobar el proyecto XXX. No se conoce todavía el texto, pero debe aprobarse. A la hora indicada se “levantan las manos”, es decir, se aprieta el botón y se aprueba o niega al tenor de la orden recibida. Una muestra: se condena a quienes ajusticiaron al Che Guevara mientras aún estaba vivo. ¡Qué vergüenza, amigas y amigos, lectores de EL UNIVERSO.

¡ O tempora, o mores! ¿Quo usque tandem abutere Catilina patientia nostra?

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