miércoles 15 de febrero del 2012 Columnistas

Nicholas D. Kristof

La decadencia del trabajador blanco

Opinión internacional |

EE.UU.
La pobreza persistente es el gran desafío moral de Estados Unidos, pero es mucho más que eso.

Como cuestión práctica, no podemos resolver problemas educativos, costes del cuidado de salud, gasto gubernamental o competitividad económica mientras una parte de nuestra población está atrapada en una subclase. En términos históricos, la palabra “subclase” a menudo se ha considerado un eufemismo de la raza, pero, con frecuencia cada vez mayor, abarca también elementos de la clase trabajadora de personas blancas.

Ese es el telón de fondo para el clamor debido al libro más reciente de Charles Murray, Coming Apart. Murray examina críticamente el rompimiento familiar entre blancos de clase trabajadora y el deterioro de lo que ve como los valores tradicionales de diligencia.

Los liberales han denunciado en su mayor parte el libro, y yo, de igual forma, disiento con partes importantes de él. Sin embargo, está en lo correcto cuando pone de relieve las dimensiones sociales de la crisis entre trabajadores blancos con bajas calificaciones.

Mi piedra angular es mi amado poblado natal de Yamhill, Oregón, de aproximadamente 925 habitantes en un buen día. Los estadounidenses pensamos en el corazón rural de Estados Unidos como un encantador telón de fondo pastoral, pero en últimas fechas algunas familias blancas empleadas marginalmente en lugares como Yamhill están, al parecer, reproduciendo las patologías que han destrozado a muchas familias de negros estadounidenses a lo largo de la última o penúltima generación.

Uno de los azotes ha sido el abuso de drogas. En el Estados Unidos rural, no es la heroína sino la metanfetamina; ha destrozado vidas en Yamhill y ha dejado a muchos con antecedentes penales que dificultan encontrar buenos empleos. Con los padres en la cárcel, los niños son criados de manera improvisada.

Después está el eclipse de los tradicionales patrones de la familia. Entre las mujeres blancas que apenas tienen educación hasta el bachillerato, el 44% de los nacimientos son fuera del matrimonio, por arriba del 6% en 1970, con base en Murray.

A veces, los liberales sienten que es de miras estrechas favorecer el matrimonio tradicional. Con el tiempo, mis reportajes sobre pobreza me han llevado a no estar de acuerdo: Los matrimonios sólidos tienen un enorme impacto beneficioso sobre las vidas de los pobres (más incluso que en las vidas de personas de la clase media, que tienen un colchón más grande cuando las cosas salen mal).

Un estudio de hombres jóvenes con antecedentes penales en Boston arrojó que uno de los factores que tenía el mayor impacto para alejarlos del crimen era contraer matrimonio con mujeres a las que querían. Como nota Steven Pinker en su reciente libro The Better Angels of Our Nature: “La idea de que los hombres jóvenes son civilizados por las mujeres y el matrimonio pudiera parecer tan cursi como la que más, pero se ha convertido en un lugar común de la criminología moderna”.

Aunado a esto, los empleos también son cruciales como una senda para salir de la pobreza, y Murray está en lo correcto cuando destaca que es inquietante que números cada vez mayores de hombres de clase trabajadora abandonen la fuerza laboral. El porcentaje de hombres en el rango principal edad para trabajar, con apenas un diploma del bachillerato, que dice que está “fuera de la fuerza laboral” se ha cuadruplicado desde 1968, llegando a 12%.

En 1965, Daniel Patrick Moynihan dio a conocer un famoso informe advirtiendo sobre una crisis en las estructuras familiares de negros estadounidenses, y muchos liberales de la época lo acusaron de algo cercano al racismo. En retrospectiva, Moynihan estaba en lo correcto cuando hizo sonar las alarmas.

Hoy día, temo que estemos enfrentando una crisis en la cual una buena parte de la clase trabajadora de Estados Unidos se está calcificando en una subclase, marcada por drogas, desesperación, deterioro familiar, altas tasas de encarcelamiento y un papel en descenso de los empleos y la educación como escalones de la movilidad ascendente. Necesitamos una conversación nacional sobre estas dimensiones de pobreza, y quizá Murray puede ayudar a desatarla. Temo que los liberales se apresuren a pensar en la desigualdad como algo meramente relacionado con impuestos. Sí, nuestro sistema fiscal es una desgracia, pero la pobreza es mucho más profunda y compleja que eso.

Donde Murray se equivoca profundamente, pienso, es en responsabilizar a las políticas sociales de tipo liberal por las patologías que él estudia. Sí, he visto programas de discapacidad alentando a algunas personas a que abandonen la fuerza laboral. Sin embargo, estaban actuando fuerzas mucho mayores, como el descenso de buenos empleos sindicalizados.

El 80% de la gente en mi grupo de bachillerato abandonó los estudios o no siguió a la universidad porque solía ser posible ganarse la vida sólidamente en la planta de acero, la fábrica de guantes o el aserradero. Eso es lo que habían hecho sus padres. Pero, la fábrica de guantes cerró, los empleos de clase trabajadora se vinieron abajo y los trabajadores sin calificaciones terminaron compitiendo con inmigrantes.

No existen soluciones ideales, pero alguna evidencia sugiere que necesitamos más política social, no menos. La educación en la infancia temprana puede apoyar a niños que son criados por padres solteros en apuros. Es mucho más barato atender a trasgresores relacionados con drogas que encarcelarlos.

Un nuevo estudio arroja que un programa de empleos para presos que acaban de ser liberados de prisión los dejó con probabilidades 22% menores de ser condenados por otro delito. Esta iniciativa, por parte del Centro de Oportunidades de Empleo, se pagó solo y con creces: Cada dólar produjo hasta 3,85 dólares en beneficios.

Así que, seamos realistas. Se está desarrollando una crisis en los blancos de clase trabajadora, derivada de la creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos. Las patologías son dolorosamente reales. Sin embargo, la solución no está en apuntar dedos, o en desviar la mirada, sino en la oportunidad.

© 2012 New York Times News Service.

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