- FEB. 12, 2012 - Foto - Migración - EL UNIVERSO
Segundo Zapata (d) escucha a ecuatorianos afectados, en un local viejo de Barcelona en donde hablan de sus deudas.
El termómetro no supera los 7°C y la oscuridad se ha precipitado sobre L’Hospitalet, municipio de Barcelona. Son las 19:00 del 30 de enero. Los caminantes van por la Rambla de Just Oliveras (área pública) cubriendo sus rostros con bufandas. Van de prisa y abrigados con kilos de ropa.
Cerca de ahí, en la calle Virgen de Montserrat, está un local utilizado por las asociaciones de vecinos, el cual tiene sofás viejos y computadoras antiguas, que remontan al principio de los años 90. Dentro, el ambiente es gélido. Se escuchan voces. Unas angustiadas y otras resignadas. Hay alguien que trata de esbozar algunas explicaciones.
Es Segundo Zapata, orense que encabeza a un grupo de afectados por las hipotecas, y que perdió su casa en el 2007, cuando su hijo y él se quedaron sin trabajo. “Como miles de mis compatriotas, trabajaba en la construcción. Cuando explotó la burbuja inmobiliaria, se paró la venta de pisos (departamentos) y se dejó de construir. Todos saltamos al desempleo”, dice.
Con el incremento del desempleo, comenzó a notarse una disminución del consumo, y otros sectores fueron contagiados por la crisis. “Yo trabajaba en una empresa que hace piezas para coches (carros), pero perdí el empleo hace cuatro años por la crisis”, asegura el guayaquileño Édison Rodríguez Arbelaes.
A sus 45 años, Rodríguez respira con dificultad y empuña una carpeta en la que reúne la documentación del departamento que compró en Santa Coloma de Gramanet, en el norte de Barcelona, en el 2005. Sus manos tiemblan cuando busca un papel en la carpeta. Dice que el problema le afecta la salud y la moral. Le angustia pensar en el futuro de sus hijas, de 16 años y de diez meses.
“Cuando me quedé sin trabajo, intenté arreglar el asunto con el banco, que me dio un año de carencia. Sin embargo, el banco comenzó a presionar a mi aval (garante), que es un primo. Si no tuviese el aval, me largaría inmediatamente porque esto no es vida”, acota.
Rodríguez llegó a acuerdos con el banco para no ser desahuciado de su departamento. Pero la deuda de 170.000 euros ($ 224.348,40 ) ha crecido hasta los 202.400 euros ($ 267.106,57) y a partir de marzo deberá pagar una letra mensual de 1.400 euros ($ 1.847,58 ) “No tengo trabajo y mi mujer no gana ni 1.000 euros ($ 1.319,70 ) al mes”.
“Prefiero dar de comer a mis hijos antes que pagar la hipoteca”, acota con vehemencia César Guerrero Zúñiga, ambateño de 32 años, quien vive un ‘calvario’ por la falta de empleo.
“Trabajaba en una llantera ganando 2.200 euros ($ 2.903,33) mensuales. Pagaba religiosamente la hipoteca de 1.600 euros ($ 2.111,51) y tenía los medios para mantener a mis hijas de 7 y 5 años”, señala.
Guerrero sigue en España por solidaridad con la persona que avaló su préstamo. Se trata de un ecuatoriano con el que tuvo una gran amistad, aunque ahora están enfrentados, como muchos familiares, hermanos y amigos.