- FEB. 07, 2012 - Foto - Arte y cultura - EL UNIVERSO
MADRID. Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida recorre los placeres del autor peruano.
Réplica de la habitación de cadete de Mario Vargas Llosa en el colegio militar Leoncio Prado.
La muestra incluye un objeto en forma de hipopótamo, animal que le gusta al autor peruano.
Mario Vargas Llosa leyó La Odisea y no dudó en calificarla de obra maestra. Le puso la nota máxima, 20. En su juventud, el escritor acostumbraba a puntuar los libros que caían en sus manos. A Los Miserables y los Sonetos también los valoró con sobresaliente. No así a Siete noches que le adjudicó un 17. Con apenas cinco años el niño que nació en Arequipa aprendió las primeras letras en clase del hermano Justiniano. Fue el inicio de su idilio con la literatura.
Y ese amor flagrante es el leit motiv de una muestra que desde hace tres años recorre el mundo y convierte al Nobel peruano en objeto de culto. Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida acabó de pasar por Madrid tras visitar Lima, Estocolmo, París, Argel, Ciudad de México y Bogotá.
La muestra sintetiza los momentos que jalonan su experiencia como escritor y es una suerte de homenaje, por decirlo en palabras de su compatriota Alonso Cueto, uno de los curadores, “a la capacidad de rebeldía del ser humano”, porque si algo aporta el repaso a la trayectoria del autor “es la confianza en el poder de los individuos de fraguarse un destino, por encima de todas las limitaciones y presiones del mundo de afuera”.
Este archivo fotográfico, de libros, manuscritos, cartas, documentos, objetos personales, material audiovisual y comentarios de expertos permite asomarse a los bastidores de las obras de uno de los grandes exponentes de las letras hispanas. Son piezas extraídas de la intimidad de su hogar que seleccionó la comisaria Ana Osorio.
La exhibición intenta adaptarse a la ciudad que llega. Está su estancia en Cochabamba, que es el primer recuerdo consciente de su infancia. Y Lima, París, Londres, Berlín, Nueva York, Washington, Barcelona, Madrid... Hay referencias a su núcleo de amigos y cómplices como su agente literaria Carmen Balcells, a su faceta periodística, a sus batallas políticas, a su afición por los hipopótamos, a su pasión por el teatro.
En un mural homenajea a los autores que le impactaron y dejaron huella en su escritura como Gustave Flaubert, William Faulkner, Víctor Hugo, Miguel de Cervantes o Thomas Mann.
La Catedral es seguramente el escenario tomado de la realidad más popular de su obra. El bar que dio nombre a una de sus novelas más exitosas (Conversación en La Catedral) y que Vargas Llosa describió como un lugar que “huele a sudor, ají y cebolla, a orines y basura acumulada” existió alrededor de las primeras cuadras de la avenida Alfonso Ugarte, cerca de los depósitos del ferrocarril central, en Lima. Hoy solo se aprecian las ruinas del viejo edificio; pero, el “aire macizo” de la tasca se respira en esta muestra gracias al acondicionamiento de una de las estancias de la sala expositiva. También, está su habitación de cadete en el colegio militar Leoncio Prado y que escenifica una de las más grandes historias jamás contadas sobre la vida en reclusión. A los recuerdos de la violencia, el heroísmo, la solidaridad y la soledad de la séptima promoción que se graduó en 1952 se acompañan las imágenes de la película La ciudad y los perros.
Sería impensable esta biografía con guion museográfico sin la prima Patricia, la de “naricita respingada y carácter indomable” como Perú, con quien contrajo matrimonio hace 46 años. Así es el diario de este hombre rebelde con una vida laureada y errante que ha dejado un legado literario que como La Odisea también se merece un 20.