martes 07 de febrero del 2012 Columnistas

Ana María Raad Briz |

Mentiras verdaderas

La historia de un país no se escribe de un dia para otro, tampoco se cambia porque alguien impone un criterio sobre otro. La historia (como todo ámbito social de una determinada cultura) es producto de un acuerdo, de una construcción común, de una validación colectiva que recubre de sentido y de importancia a los hechos del pasado, de lo contrario (es decir la imposición de versiones, hechos o interpretaciones) termina siendo un simple acto de autoritarismo que dista mucho del necesario acuerdo social, obligando a aceptar hechos sin cuestionamientos, lo cual redunda en una mera imposición ideológica por sobre el análisis de los distintos factores y hechos que la historia requiere. Como bien menciona el premio Nobel Amartya Sen, “la esperanza es, más bien, que el cultivo razonado de la comprensión y el conocimiento supere a la larga las acciones impulsivas”.

¿Cómo se construye la historia?, ¿cuáles son los factores que validan un hecho histórico frente a otro?, ¿es imperativo el que tenga que pasar por “manos” especializadas para que adquiera la relevancia y trascendencia necesarias? Al respecto, Tony Judt, un brillante historiador británico de izquierda, al que muchos consideran uno de los mejores analistas de la historia moderna a nivel global, mencionaba en su libro de memorias, publicado luego de su reciente muerte, “como se mide mejor el grado de esclavitud en el que una ideología mantiene a un pueblo, es la colectiva incapacidad de este para imaginar alternativas”. Es difícil no coincidir con él, el acto mismo de imaginar alternativas, no puede ser confundido con relativizar o intentar darle otro curso a la historia, por el simple hecho de mirarla desde otra perspectiva. Qué importante y vital que es contar con una historia independiente de toda atadura ideológica. Quizás sea una aspiración ciertamente titánica, pero no por eso menos crítica, sobre todo cuando vemos cómo se intenta cambiar el curso de la historia del revolucionario Alfaro, o hacernos creer que el movimiento Alfaro Vive Carajo era un “grupo de jóvenes idealistas en contra del socialcristianismo”, o peor aún que el Che Guevara fue víctima de Reagan y Thatcher (esto último fue una reverenda falta a la prolijidad del pensamiento y a la cultura general que por poquito pasa con la venia de algunos asambleístas).

Pensar que la historia se puede imponer, es un reflejo de la necesidad de adoctrinar, por sobre el acordar y mediar socialmente. Creer que el simple hecho de cambiar un texto histórico implica alterar la historia es desconocer que las sociedades son producto de una memoria histórica colectiva que transita entre pasado y presente. Recientemente en Chile, por ejemplo, se intentó cambiar en los textos del colegio la palabra “dictadura” por la de “régimen militar”, lo cual provocó una oleada de críticas, no solo por el intentar imponer una visión ideologizada de lo sucedido durante la dictadura de Pinochet, sino porque además la historia no la escriben un par de expertos desde sus escritorios en el Ministerio. Uno es libre de interpretar la historia, de sacar los aprendizajes que considere necesarios, para eso están las libertades (incluidas las ideológicas) pero de ninguna manera debemos permitir que el autoritarismo intente hacernos creer como verdad, lo que la historia nos ha mostrado que son mentiras.

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