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Amor, comprensión y ternura

Por Natalia Tamayo
ntamayo@eluniverso.org.- José Delgado, de 'En carne propia', acompañó a Dolores Orellana, de 70 años, en el intento de encerrar a sus hijos para que superen la adicción al consumo de drogas.

La cámara le siguió hasta una casa de cemento, con una hamaca como único mobiliario, en donde se encontraban dos hombres de mediana edad, delgados, sin camisa y molestos.

Delgado -con custodia policial- intentó convencerlos de ingresar a un centro de rehabilitación para que se recuperen.

Julio César Ayala: ¿En qué sentido piensa usted que nos puede ayudar encerrándonos?

José Delgado: Es la única manera de que se rehabiliten.

JCA: Ah... La única manera de que yo me recupere... Yo ya estuve en un Centro de Rehabilitación Social de Varones, que se llama la Penitenciaría del Litoral. Son como tres o cuatro años.

¡Yo no necesito encerrarme! ¡Yo necesito amor, comprensión y ternura! ¡Eso necesito!..., exclamó.

Delgado le pregunta: ¿Cuántos fuman aquí? Ayala responde: No somos dos, somos muchos los que fumamos en el Ecuador. Pero puede curarse, le insistió Delgado. Pero puedo salir peor, sentenció el hombre.

En ocho minutos que duró el reportaje, otro diálogo -casi invisible- quedó en el ambiente.

La falta de infraestructura básica en los sectores suburbanos. La marginalidad escondida en la ciudad. Un Sistema de Rehabilitación Social -eufemismo para no llamarlo cárcel- que no funciona.

La ausencia de un sistema de centros especializados para tratar enfermedades adictivas que no sean instituciones cuestionadas que ocultan lugares de tortura o de reconversión, en donde incluso prometen curar la homosexualidad.

El crecimiento de la población consumidora de drogas es una realidad que se debe enfrentar desde el mismo Estado.

Ninguna reflexión precedió al reportaje inicial. Sin descifrar lo que implicaba la demanda de "amor, comprensión y ternura" que hacía Ayala, su frase se convirtió en producto de marketing listo a ser explotado.

YouTube, el espacio en donde se puede ser productor, actor o consumidor de imágenes, fue su primera plataforma. Uno de los videos que reproduce el fragmento del programa en donde aparece, tiene más de 239.000 visitas.

Tres canciones con sus palabras circulan por la red. Versiones tecno y reggaetón ponen música a la exclamación. Por lo menos una emisora de la ciudad ha reproducido la frase, y camisetas con la expresión estampada en tela se ofertan en la calle.

De pronto, Ayala pasó a ser tema de la prensa rosa. 'Vamos con todo' de RTS, decidió respaldarlo -con imágenes y entrevistas- y apadrinarlo para que ingrese en una clínica de rehabilitación.

Obtenidos los quince minutos de fama del que otros se han beneficiado -sea por rating o por comercio- pero que al protagonista "no le ha servido de nada, sino de burlas y chácharas" como reconoció en una entrevista, el objetivo inmediato ahora es alargar el tiempo de exposición mediática.

Julio César Ayala aparece, con camiseta y menos expresivo, reproduciendo sus famosas tres palabras en el reality falso que motiva la última campaña de la Junta de Beneficencia de Guayaquil y su sorteo El Sueldazo que promete ingresos fijos durante un año.

Así, luego del reportaje de su drama, Ayala pasa de la realidad al simulacro de la fama. La ruta le ha tomado más de seis meses y ha contado para ello con el efecto que produce la exposición ante una cámara de televisión, el impacto en la red y por supuesto, la participación de una agencia publicitaria.

La historia grafica perfectamente lo que pasa en el país.

Por el lente de la cámara puede pasar cualquier persona anónima, pero aquella que hace clic, que conecta con el público, que engancha a la audiencia, es la que tiene mayor probabilidad de quedarse.

En este caso, el análisis de una angustiante situación social y económica no ha sido tomado en consideración.

La necesidad de exigir mayores políticas de Estado que enfrenten los nuevos problemas que nos afectan, aumento del tráfico y consumo de drogas, quedan de lado.

Sin ninguna valoración psicológica de Ayala, sin medir la verdadera potencialidad de convertirlo en un ser productivo y no dependiente, lo que importa es que ese rostro, esa vocalización venda. Punto. Ayala tiene su recién inaugurado papel de actor.

Su situación personal o emocional no importa, como tampoco importa el entorno social en que se desenvuelva.

Así se fabrica una imagen, un personaje, un actor y hasta un político. Comediantes, cantantes, animadores han conquistado lugares en la política nacional luego de una buena campaña promocional.

Con el paraguas de la pantalla y sin el filtro del análisis, todos somos un poco víctimas de la magia, la tristeza o la capacidad de conmovernos que transmita un personaje por la televisión.

Por eso estamos donde estamos.