- NOV. 06, 2011 - Foto - Economía - EL UNIVERSO
Washington Terán, de 58 años, y su hijo, Edwin, de 27, son parte de los más de 5.000 desempleados por el cierre de los casinos.
Tuvo que vender hasta su bastón, el único apoyo que tenía para caminar, debido a su discapacidad física, para comprar la medicina que requiere con urgencia para que su corazón funcione, así como los remedios de su madre, de 80 años.
Con los $ 120 que le dieron por el bastón, gastó $ 110 solo en las medicinas para quince días, y los $ 10 restantes le sirvieron para la comida de unos días. Debe dos meses de luz, agua y teléfono.
La familia de Washington Terán, un exempleado de los casino Money Money, solo desayuna y almuerza porque no hay dinero para merendar.
Su vida familiar cambió drásticamente hace dos meses cuando se cerraron definitivamente las salas de casino de la empresa Money Money en todo el país por disposición del Gobierno, que, según justificó en ese entonces, cumplía con el mandato del pueblo, que en la Consulta Popular votó a favor de que se cierren los casinos y salas de juego de azar en Ecuador.
Terán, de 58 años, era el supervisor de la imprenta que tenía esta empresa para elaborar boletos de sorteo, papeletas, cartas y adhesivos.
A su cargo estaban 12 personas más. Todos presentaban algún tipo de discapacidad física o intelectual. “Era el sitio adecuado para nosotros. Cada uno tenía su función y las tareas eran acordes. Nosotros teníamos un lugar de trabajo amplio, máquinas acordes, seguro (social) del IESS, expreso”, cuenta.
Terán ganaba un sueldo básico de $ 680 al mes, más horas extras, bonificaciones, entre otros ingresos que le dejaban un promedio de $ 850 mensuales. Con este salario mantenía a su mamá, quien también sufre del corazón, a su hijo, de 10 años, y le ayudaba con algunos gastos económicos a la familia de su otro hijo, Edwin, de 27 años, el cual estaba empleado en Money Money, en el área de publicidad y diseño gráfico.
Ahí, Edwin ganaba de sueldo básico $ 400, más beneficios adicionales, con lo que sumaba más de $ 550 al mes. Con esto pagaba el arriendo de su casa, en Bastión Popular, y los gastos de sus niños, de 1 y 5 años. Por eso su padre lo ayudaba.
Ahora ambos viven sumidos en la angustia y en la decepción porque no encuentran trabajo, pese a que han buscado “sin descansar” desde hace dos meses.
“Solo hasta ayer (pasado lunes) pude salir a entregar más carpetas, porque ya no tengo ni dinero para el bus. He ido a pedir trabajo en el SRI, en Socioempleo, en la CFN (Corporación Financiera Nacional) y fui al Ministerio Laboral para saber qué pueden hacer por mí, porque el vicepresidente de la República dijo que ningún discapacitado se iba a quedar sin empleo. Pero no he tenido suerte”, indica Washington.
Él acota que en la delegación del Ministerio de Relaciones Laborales le piden que obtenga vía internet su historia laboral, pero dice que no tiene dinero para un cyber. Por ello se ve obligado a pedir caridad en la calle, a escondidas de su familia, para llevar algo de dinero, “como unos $ 3 para el almuerzo”.
Cuando fue a conversar con los funcionarios del Ministerio de Relaciones Laborales, agrega que les propuso que el Gobierno les alquile las máquinas de la imprenta de Money Money, que el Estado confiscó, para realizar trabajos de impresión variados, que pueden ser contratados por el mismo Gobierno. Pero ahí le dijeron que las máquinas estaban a cargo del Servicio de Rentas Internas (SRI), y que tenía que acudir a esta dependencia.
Su hijo, Edwin, tampoco ha tenido suerte para encontrar trabajo, como los más de 1.500 desempleados que salieron de Money Money, quienes, acota, están en su misma situación. Sus colegas, incluso pasan sentados en las afueras de Money Money, de la av. 9 de Octubre, en espera de que les den alguna respuesta sobre el pago de sus liquidaciones que no se hace efectivo.
“Ni las liquidaciones nos han dado. Se tiran la pelota tanto el Gobierno como los dueños del casino, que ya no están en el país. Voy a buscar trabajo en todos lados, pero me dicen: ‘Yo lo llamo’. En uno que me salió me querían pagar $ 200 por seis horas, sin afiliación al IESS y solo con contrato de boca, y eso no es garantía”, cuestiona Edwin.
Por ello, ante las deudas y las necesidades económicas, el jefe de la familia, Washington, que vive en el suroeste (Domingo Savio y Leonidas Plaza), piensa ya en vender la silla de ruedas que le regaló la misión Manuela Espejo, así como sus botines ortopédicos, puesto que si no lo hace se morirá por su enfermedad y de hambre, insiste.
Su hijo acota que el préstamo que anuncia el Gobierno de unos $ 10.000 para cuatro personas tampoco será viable para él, pues el grupo no podría comprar ni una máquina soldadora de punto (para impresión) porque esta cuesta $ 12.000.